martes, 21 de diciembre de 2010

Los ojos compuestos de los insectos

Hace un par de meses me encontré un pequeño mántido en la terraza de casa. Creo que se trataba de una hembra de Ameles spallanzania. Aproveché la oportunidad para hacer diversas pruebas con un nuevo flash, fotografiándola desde diversos ángulos y con distintos fondos, mientras trepaba por una maceta de hiedra sin apenas inmutarse por mi presencia. De hecho, aceptó una mosca que le acerqué con unas pinzas, me la arrebató con verdadera ansia y la comió en un momento casi sin darme tiempo a reaccionar, como si fuese un animal doméstico acostumbrado a la presencia humana.
Pero no es ese el tema por el que la traigo al blog, sino sus fascinantes ojos compuestos.
Como se puede apreciar en el siguiente montaje, en sus grandes ojazos vemos un punto negro que parece seguirnos la miremos desde donde la miremos. No es cierta esa apreciación, y caemos en el error porque tendemos a asemejarla con la pupila de nuestros propios ojos, cuando el proceso de visión en los insectos es muy distinto.
En realidad los ojos compuestos de los insectos están formados por un acumulo de piezas de forma de tubos hexagonales, más bien cónicas, llamados omatidios, y cada uno de ellos capta una porción de la imagen que tiene enfrente. Es comparable a un montón de esas tuberías que aparecen apiladas en las obras. A medida que andamos delante de ellas vamos viendo la luz del fondo, pero no es que la luz nos siga, sino que nosotros vamos viendo sucesivamente el fondo de unas u otras. En este caso no es que el ojo nos siga a nosotros, sino que vamos viendo el fondo de cada uno de esos omatidios.
En el esquema que he puesto a continuación se aprecia que solo la flecha de línea contínua llega hasta el fondo del ojo, donde las células fotosensibles reciben la imagen para enviarla al cerebro a través del nervio óptico. De esa manera cada uno de los omatidios recibe las imágenes que tienen justo enfrente y el cerebro forma una imagen completa sumando todas las imágenes parciales. En el esquema, la letra C se corresponde con la córnea, que es una porción de piel en forma de lente, las siglas CR con el cristalino, que recoge los rayos de luz, la R con el rabdoma, la zona donde están las células fotosensibles, y la N con el nervio óptico.
En los insectos diurnos los omatidios están aislados unos de otros como las tuberías que comentaba antes. Pero los insectos nocturnos, para aprovechar la escasa luz, ésta sí puede pasar de un lado a otro y la imagen que se forma no solo es un sumatorio, sino también una yuxtaposición de imágenes parciales. En muchos otros insectos de ojos grandes y no tan grandes, se puede distinguir ese punto o mancha oscura. Por ejemplo, las ya conocidas en este blog, chicharras de montaña.Quizás los ojos más impresionantes de nuestra fauna sean los de las libélulas, que prácticamente ocupan los 360º de su entorno. La mancha "de fondo de ojo" es más amplia debido al gran número de omatidios, pues no solo tiene una gran superficie ocular, sino que también una gran densidad de omatidios por milímetro cuadrado, lo que les proporciona una gran agudeza visual. Los otros brillos y colores cambiantes de los ojos de los insectos son debidos a las diferentes zonas interiores de los omatidios, que cambian según les incida la luz.
La parte más externa que recubre los ojos, se cambia junto al resto de la piel en las sucesivas mudas de crecimiento y metamorfosis. Y más al interior algunas especies tienen también su propio colorido acorde con el diseño y color del resto del animal, contibuyendo de esa manera al mimetismo, como puede apreciarse en este saltamontes y en la negritud del grillo.
Una curiosidad: en los animales muertos, al deshidratarse, se pierden las cualidades ópticas de todo ese complejo de lentes vivas, con lo que podemos detectar si una foto de insecto es de un animal vivo o nos están colando un cadáver.
En los siguientes enlaces se puede buscar más información sobre el ojo compuesto y sobre la estructura del omatidio, pues como tengo por costumbre, no intento repetir contenidos sino invitar a observar.

domingo, 21 de noviembre de 2010

Setas de cardo, el ciclo que se cierra.

En el mes de septiembre, en esta entrada, que trataba sobre el cardo corredor, Eryngium campestre y las chinches que crían sobre ellos, mencioné que a costa de las raíces del cardo se desarrollaban las setas Pleurotus eryngii.
Pues bien, este fin de semana he podido asistir a la colecta de esta sabrosa seta y no puedo evitar cerrar el ciclo mostrando este fruto del otoño.Este ejemplar fue el más hermoso de la escasa cesta que se recogió.Nunca es suficiente la insistencia en decir que las setas se cortan con una navaja, nunca deben arrancarse, pues al tirar de ellas se daña al micelio que está bajo tierra y es el que posibilita que sigan creciendo más setas y que cumplan su función biológica.
Cuando las setas de cardo comienzan a desarrollarse son de forma redondeada y con el tronco situado en la parte central, pero si se las deja crecer, lo harán irregularmente y tomarán una forma excéntrica e irregular.Seta que no has de comer, déjala crecer. Es importante dejar las setas que parezcan pasadas, estropeadas o atacadas por insectos, es decir las que es seguro que no nos vamos a comer, pues ellas sí pueden terminar de soltar las esporas que aseguren la próxima generación. Y, desde luego, no tocar las setas que no son comestibles o que no sabemos diferenciar.Tampoco sería deseable que se colectaran todas las setas de un mismo lugar, pero es complicado que esto se cumpla en lugares donde son muchas personas aficionadas a la micología.

jueves, 28 de octubre de 2010

El misterioso caso de las flores de madroño perforadas

La semana pasada comentaba cómo diversos insectos aprovechaban la mesa puesta que suponen las flores de madroño en esta época, en la que cada vez va habiendo menos plantas floridas, pero aún hay días lo bastante cálidos como para que los insectos estén activos.
Me disponía a hacer fotos de dichos insectos cuando me di cuenta de que muchas de las flores de los racimos tenían la corola perforada.
Tenía que buscar al "culpable" de semejante delito, así que me dispuse no solo a fotografiar los insectos que venían al madroño, sino también su forma de tomar el néctar de las flores.
Los más llamativos son sin duda los abejorros del género Bombus, que con gran inquietud van de una flor a otra sin dejarme hacer las fotos a gusto. Tengo que enfocar manualmente, porque están rodeados de objetos que engañan al enfoque automático y además no paran quietos, se ponen detrás del racimo, vuelven a salir, se colocan de espaldas o se asustan si me acerco demasiado. Ésta es la única aceptable después de muchos fracasos.Sin embargo, sí pude ver que su sistema de libar el néctar es metiendo el pico por la abertura natural de la corola. Igual que está a punto de hacer esta abeja de la miel.También descubrí unos pequeños escarabajos que entraban y salían tanto a través del orificio natural de la flor como por los agujeros hechos por el delincuente desconocido.Corté un racimo para observarlo más detenidamente y me sorprendió que muchas flores tenían escarabajos en su interior estuviesen enteras o mordidas. Quedaban como sospechosos pero no podía asegurar que fuesen culpables.Había al menos dos especies distintas y algunos, debo decir, que me dan muy mala espina.Varias especies de moscas acudían también al madroño. Especialmente este gran sírfido, casi perfecto imitador de abejas, que además tiene la costumbre de acercarse a mi cara zumbando cuando cambia de flor en un intento de asustarme, supongo.Éstas y otras moscas observé que, a veces, aprovechaban los orificios ya hechos para acceder al interior de la flor, pero en ningún momento hacen nada que se le parezca a intentar abrir los agujeros ellas mismas. Por último llegaron dos gordos abejorros Xilocopa que con mucha más parsimonia que los Bombus se dedicaron a recorrer las flores con tranquilidad, ¿y que hacían? ... pues perforar las corolas con gran maestría para alcanzar el néctar por el camino más corto.Aquí una prueba irrefutable.Y aquí en vista ampliada, por si quedaban dudas. Pude ver, y esta foto es la prueba, que así consiguen entrar en flores cuya corola aún no se ha abierto, adelantándose de esta manera a otros comedores de néctar.Conste que no dejo de sospechar, también, de los escarabajos, pero creo que ellos se dedican fundamentalmente a agrandar las cuchilladas que dan los oscuros abejorros.
Sé que son culpables y que quizás ese tratamiento va en detrimento de la producción de frutos en año próximo, pero me gustan tanto, que se quedan sin castigo. La pena es que no se dediquen a hacer nidos en algún sitio que pueda yo controlar para observar su comportamiento.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Estampas otoñales en el jardín

Igual que cambia el tiempo meteorológico, se mezclan estos días imágenes de final de verano con otras ya puramente otoñales.

Los nenúfares más rústicos aún muestran alguna que otra flor y la rara variedad de passionaria, Passiflora sp., que crece en la pared sur de la casa pasará, como todos los años, de estar florida a helarse una de estas noches.

Estas flores tardías les vienen muy bien a algunas abejas, avispas y fundamentalmente a los abejorros Bombus, que aún se ven activos los días de sol. Cuando tenía esta planta dentro de la terraza cubierta no se helaba en invierno, pero su aspecto era mucho peor y, aunque daba numerosos frutos, las maracuyás, estos estaban tan vacíos como los pocos que le crecen ahora. Cada año vuelve a brotar con renovado vigor y florece durante varios meses hasta que el frío puede con ella.

Pero la enredadera que ahora luce en todo su esplendor es la parra virgen, Parthenocisus, que además de mostrar las hojas rojas tiene sus frutos parecidos a las uvas, como corresponde a una especie de la misma familia que las viñas. He leído que algunas de estas uvas pueden ser comestibles, pero dado que hay bastantes especies de estas parras y que son difíciles de diferenciar, yo no lo intentaría y, además, las mantendría alejadas de niños golosos.
Entre las hojas de la parra de la foto se ven también las de hiedra, Hedera helix, con sus modestas flores. Aunque no tengan color llamativo son visitadas por abejas y avispas y especialmente por dípteros, como esta moscarda, Calliphora sp. En todas las fotos de moscardas que tengo se aprecia lo sucias que son, completamente distinto al brillante aspecto de las abejas y avispas, aunque estén alimentándose en las mismas flores. Sobre su tórax y abdomen siempre hay partículas con aspecto de caspa.

También tiene bayas el durillo Viburnun tinus, con propiedades diuréticas y laxantes, pero con un grado de toxicidad tan alto que es mejor no intentar hacer preparados caseros con ellas por lo difícil de controlar las dosis. Parece que son de sabor tan desagradable que no es fácil que se coman por gusto.

A la vez que algunas plantas mantienen frutos, ya empiezan a aparecer los brotes florales, que tardarán en desarrollarse varios meses e irán cambiando de color y el aspecto de la planta, que de esa manera y por lo sencillo de su mantenimiento en las duras condiciones del centro peninsular, me parecen uno de los mejores arbustos que se pueden poner en un seto.

Es algo parecido es lo que ocurre con los madroños, Arbutus unedo, cuyos frutos empiezan a madurar mientras que brotan las nuevas flores. A lo largo del año hay muchas posiblidades de que una tormenta o cualquier otra causa los dañe, así que el rendimiento en frutos es muy variable. Los años buenos aprovecho para hacer licor macerándolos en anisete dulce. Si la cosecha es baja no cojo ninguno y de todos modos siempre reservo una parte para las aves, junto con otras bayas que tengo repartidas por el jardín como ya mostré el año pasado.

También he dado por terminada la temporada de colectar, en mi propio beneficio, los frutos de la higuera, Ficus carica, que mantengo en verano cubierta por una red. Ahora la retiro para dejar los higos a disposición de los pájaros, cuando más empiezan a necesitarlos.

Y último por hoy, pero no en el jardín, algo muy especial para mí, la bellota de los robles melojos, Quercus pyrenaica, que este año han producido mucho fruto. Especial ilusión porque los planté yo mismo a partir de bellotas hace ahora 12 años, al poco de mudarme a esta casa. Ya el año pasado dieron alguna que otra bellotita, pero este año están en plena producción. También este año han tenido agallas de un par de especies, lo que es como la mayoría de edad de mis robles, pues siento que están integrados en el ecosistema con sus insectos comensales y parásitos y, supongo, que muchos más animales que aún me quedan por descubrir.

Creo que así mi jardín está contribuyendo a mantener la biodiversidad e incluso aumentarla en un entorno de prados bastante monótono y de jardines con muchas especies no autóctonas, incluido en mío, que también tiene sus concesiones a la estética.

viernes, 8 de octubre de 2010

Andando sobre el agua

CHINCHES ACUÁTICAS (1)
De la gran variedad de insectos cuya vida está asociada al agua, las chinches (Hemípteros) ocupan un lugar muy importante. Las hay que viven sumergidas y otras sobre la superficie, pero todas ellas necesitan respirar aire atmosférico.
Hoy voy a mostrar representantes de tres familias de chinches acuáticas que viven sobre la lámina de agua. Es curiosísimo como aprovechan la tensión superficial para no hundirse. Para ello tienen series de pelillos hidrófugos en el extremo de las patas suficientes para soportar su peso.
Las menos especializadas y más parecidas a las chinches terrestres son las de la familia Veliidae. Apenas si se distinguen en su anatomía de las que vimos sobre el cardo corredor, pero son capaces de andar por la superficie y se alimentan de otros insectos que caen en el agua.
En el estanque de mi jardín aparecen un corto periodo de tiempo en primavera y solo unos pocos ejemplares adultos. Algo de él no les gusta porque aparentemente no crían aquí, ya que muy a mi pesar no he visto ejemplares jóvenes, cuando aún no tienen alas. Hay poblaciones y otras especies que tampoco tienen alas en estado adulto, algo muy común en familias próximas de hemípteros. Creo que la especie es Velia caprai. Corren sobre los nenúfares tan cómodamente como sobre la superficie del agua.
Mucho más populares son los miembros de la famila Gerridae, conocidos como "zapateros de agua". Tienen una mayor especialización a la vida acuática y andan muy torpemente por la tierra, más bien dan unos saltos bastante absurdos. Sin embargo, son buenos voladores y así llegan a charcas y arroyos temporales muy alejados de otras masas de agua , donde apenas tienen competencia.
La especie más común es Gerris lacustris, pero me temo que hay que ser un especialista y tener el bicho bajo la lupa binocular para estar seguro con su determinación. Son los más abundantes en el estanque y puedo ver tanto jóvenes como adultos.
Los de la foto inferior los fotografié en el río Manzanares, algo más abajo de la presa del embalse de Santillana y creo que pertenecen al otro género de la misma familia, Aquarius, aunque tampoco me atrevo a ponerle nombre de especie. Son una pareja en cópula y se puede apreciar que la hembra está cargada de huevos cuyo color blanco se transparenta en el vientre dilatado.También estaban en un río, en el Tea, cerca de Monadriz (Pontevedra), este grupo fotografiado al trasluz. Se sitúan en los remansos y están atentos a cualquier vibración que les indique que algún insecto se ha caído o se está debatiendo en la superficie del agua. Entre ellos se disputan la presa con vehemencia y también tienen continuos enfrentamientos para conquistar a las hembras, aunque nunca llega la sangre al río.Se desplazan a saltos de las largas patas traseras y medias, utilizando el par delantero para detectar las vibraciones en la superficie del agua. También tienen una vista excelente, 360º a su alrededor, como puede deducirse por los ojos salientes, como las bolitas de las cabezas de alfiler. He pasado muchas horas sentado cerca del agua observando a estos insectos y, tengo que reconocer, que les he echado algún que otro insecto para ver cómo lo cazan. Los días en que emergen las hormigas de alas, muchas de las cuales caen al agua, son ocasión para el banquete.
La tercera y última que voy a mostrar es la familia Hydrometridae, mi favorita, con una sola especie en nuestras latitudes Hydrometra stagnorum. Es un insecto muy pequeño, apenas supera un centímetro de longitud, pero es estrechísimo y es muy difícil de diferenciar cuando anda sobre la superficie del agua sobre sus seis finísimas patitas, casi invisibles, dando la apariencia de flotar en el aire.También es depredador, pero se alimenta de invertebrados muy pequeños, acorde con su tamaño, que están justo por debajo de la superficie, mete el pico bajo el agua y se lo clava succionándoles los jugos internos. Larvas de mosquito, pequeños gusanos y crustáceos, como las pulgas de agua, son sus presas. Pueden andar por las aguas abiertas, pero prefieren hacerlo en las zonas con algas y plantas acuáticas flotantes. También se encuentran en zonas empapadas de la orilla entre musgos y hepáticas.
Tienen alas estrechísimas, pero pueden volar dado su peso insignificante. Son abundantes en aguas tranquilas y terrenos inundados donde apenas haya unos milímetros de agua. También en mi estanque, pero tienes que acercarte a la superficie hasta casi tocar el agua con la nariz para poderlos encontrar.
Mucho se ha dicho de la utilidad de los insectos acuáticos como indicadores de la calidad del agua. Hay incluso quien dice que donde hay zapateros el agua es potable. No es cierto, no hagáis el experimento. Estas tres chinches soportan bastante contaminación orgánica pero eso sí, no aguantan la contaminación química que afecte a la superficie del agua. Por ejemplo, los detergentes, que diminuyen la tensión superficial, haciendo que los insectos se hundan y mueran.

domingo, 26 de septiembre de 2010

Biodiversidad en arenales mediterráneos

Primeros de agosto al borde del Parque Natural de las Salinas de Santa Pola, calor achicharrante y la familia refrescándose en la playa de La Marina. Sin embargo, me llama más la atención la parte "trasera" de la playa. Es un pequeño resto de un sistema de dunas que nos habla de lo que algún día fueron muchas zonas de nuestro litoral mediterráneo y su rica biodiversidad, hoy desaparecidas. No se puede pasear mucho por allí a medio día sin miedo a un golpe de calor, pero merece la pena dedicarle un poco de tiempo antes o después del baño. Lo más llamativo del día un ejemplar de Argiope lobata en el centro de su inmensa tela. Es una araña enorme, su abdomen es más grande que una moneda de 20 céntimos de euro, con las patas abiertas ocuparía la palma de una mano. Sin embargo, no fue eso lo primero que vi, antes me percaté de que una especie de hilo de nylon atravesaba mi camino, lo palpé y era tenso y fuerte cual cuerda de guitarra. Lo seguí y resulta que estaba al lado de una tela de casi dos metros de diámetro horizontal y más de un metro en vertical. Ese hilo era uno de los tensores con que se sujetaba a los árboles y arbustos del entorno. En su centro, la gran araña pendiente de dos anchos hilos avisadores por si alguna presa caía en su red.
Estoy sobre dunas fijadas por la vegetación de pinos, eucaliptos, alguna que otra palmera datilera y muchas plantas de menor talla.
Nada más dejar la playa lo primero que me encuentro en una ancha banda de la hierba cuchillo, Carpobrotus edulis, que avanza por sus cuatro costados dejando calvas requemadas en su centro. De esa manera invade el suelo e impide el crecimiento de plantas autóctonas. Superada esta frontera me encuentro con una pléyade de insectos que vuelan, saltan y corren a mi alrededor. El suelo quema y da la impresión de que esa sea la razón por la que la pequeña avispa cazadora no para quieta posándose y volviendo a alzar el vuelo en busca de presas. Gracias a Julián, El Naturalista, la he podido ubicar en el género Ammophila, las cazadoras de orugas. Si el hecho de que sus patas sean rojizas y la pilosidad escasa vale de algo, según el Insectarium virtual puede que se trate de Ammophila heydeni.
Otras avispas son menos delicadas y acercarse a uno de sus nidos, del tamaño de un balón de fútbol, colocado en pleno suelo, no es muy buena idea, aunque estas parecen muy concentradas en su trabajo.
Su nombre científico, gracias otra vez a Biodiversidad Virtual, puedo decir que es Polistes gallicus.Como decía antes, pude ver muchos más insectos en muy poco tiempo. Las cigarras cantaban por todos los lados retándome a encontrarlas con la vista, lo que no conseguí. Delicados neurópteros volaban con sus alas de encaje de manera muy poco elegante, a diferencia de las libélulas que superficialmente se les parecen. Alguna de ellas pasó volando veloz, lo que nos indica que en las proximidades hay agua dulce. Saltamontes muy alerta, imposibles de fotografiar y casi hasta de observar. Algunas chinches de campo, de las que mostré el Carpocoris poniendo los huevos en otra entrada. Y de repente, una rarísima bola negra pasa en línea recta por delante de mi cara, baja al suelo y se levanta de nuevo. Pensé que era un escarabajo, la persigo y otra vez la veo caer. Me acerco con la cámara por delante para hacer la foto antes que nada y sin tiempo para enfocar. Hice bien, aunque la foto sea muy regular, porque se volvió a levantar y desapareció de mi vista para siempre.
Hasta que no descargué la imagen en el ordenador no tenía ni idea de lo que había (no) visto. A ver si lo adivináis antes de mirar la otra foto siguiente.
Creo que se trata de una pareja en cópula de mosca cazadora, de la familia de los asílidos. Ese abdomen largo y las robustas patas terminadas en dos ventosas así me lo indican. Para que los más despistados sepan de que familia de moscas hablo, he hecho una foto a un ejemplar de otra especie, que encontré ahogado en el estanque de casa. Este es:
Son unos animales muy interesantes, feroces cazadores de todo tipo de insectos y con un curioso comportamiento de cortejo que espero poder captar alguna vez.
Pero la "trastienda" de la playa no sería tal si no estuviese llena de papel higiénico, pañuelos de papel y basura. Hasta tal extremo que iba temeroso de encontrarme a alguien con el culo al aire detrás de cualquier arbusto. ¡A ver cómo le iba a explicar que hacía fotos de insectos y no de cerdos! Una lástima, ver convertido en letrinas lo que debería ser un reducto de biodiversidad.

viernes, 17 de septiembre de 2010

LA VUELTA… ATRÁS

DE VUELTA CON LA CHICHARRA Y A VUELTAS CON LA BOLA DEL MUNDO


Estoy de vuelta con las chicharras de montaña Steropleurus stalii (actualmente llamada Lluciapomaresius stalii). No tenía intención de escribir tan pronto sobre ellas, pero me he visto empujado a costa de la otra vuelta, la Vuelta Ciclista a España.
Hemos visto muchas de estas chicharras este año en la Sierra de Madrid, quizás por casualidad hemos coincidido con sus periodos de actividad, quizás a consecuencia de la meteorología de este año haya habido una explosión demográfica, más presas de las que alimentarse o quizás, en definitiva, nos hayamos fijado más en ellas.
La última subida que hicimos a las laderas de La Bola del Mundo, el pasado domingo, pudimos verlas en el momento de alimentarse de sus propios congéneres, pisados en medio del camino, y de los saltamontes de montaña con los que comparten el hábitat.

Foto de arriba realizada por Francisco Javier Barbadillo

Estos animales son endemismos de alta montaña que tienen poblaciones isla separadas cientos de kilómetros unas de otras. Son elementos de investigación de primer orden para taxónomos y biólogos que estudian la evolución, muestras vivas de los procesos de aislamiento y especiación. Los ecólogos pueden estudiar cómo afectan los cambios climáticos sobre las especies de montaña, pues son las más afectadas por lo que ha dado en llamarse calentamiento global. Estamos asistiendo a un proceso en el que los animales de montaña están restringiendo su distribución cada vez a mayor altitud, tanto por el clima como porque se ven empujadas por especies de zonas bajas que llegan más arriba aprovechando la bonanza meteorológica. Literalmente las especies de montaña no pueden subir más arriba y están condenadas a la extinción.

Pero no hace falta ni que cambie el clima, ni que se extiendan otras especies, ni siquiera que tengan o no la oportunidad de subir montaña arriba, si lo que ocurre es que, en plena época de reproducción, ya han muerto en la poda y “limpieza” de las plantas de las cunetas, así como pisoteadas por la organización y el público que acudió el sábado a la Bola del Mundo a presenciar la Vuelta Ciclista a España. No hay mejores lugares para hacer una etapa de montaña. No hay mejor sitio que la subida a las Guarramillas, en el centro del lugar donde quizás, cada día lo dudamos más, alguna vez se declare un mutilado Parque Nacional.
Pero esta Vuelta, no es un caso aislado, sino una vuelta de tuerca más a una sobreexplotación irracional de una sierra que no da más de sí. Y si no, lean la noticia de este último mes de mayo en EL PAIS

Javier Barbadillo en El Último Rincón y yo en este blog, nos hemos puesto de acuerdo para escribir sobre el mismo tema. No dejes de leerlo pinchando aquí.
Otras entradas relacionadas:
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