lunes, 10 de septiembre de 2012

La importancia de tener un nombre.

--> El caso de la avispa Tropidodynerus flavus y su comportamiento de nidificación.

"- ¿Qué hierba es esa.../...?
- No lo sé.
- La llaman cuatrifolia.
.../...
- ¿Para qué sirve, maestro?
- Para nada que yo sepa.
.../...
Cuando sepas reconocer la cuatrifolia en todas sus sazones, raíz, hoja y flor, por la vista y por el olfato, y la semilla, podrás aprender el verdadero nombre de la planta, 
ya que entonces conocerás su esencia, que es más que su utilidad."

Un mago de Terramar, 1968
Ursula K. Le Guin

En uno de los fantásticos libros de Ursula K. Le Guin, fantásticos por ser de fantasía y ciencia-ficción y porque lo son de verdad, se puede leer esa frase que le dice su maestro al mago protagonista. Además, a lo largo del relato se insiste en que conocer el verdadero nombre de personas, criaturas o cosas, te da poder sobre ellos.
Muchas veces he recordado ese detalle del libro porque en esencia eso es lo que buscan tanto los científicos, que se empeñan en conocer a fondo las especies y ponerles un nombre, como los naturalistas que anotamos en nuestros cuadernos las especies que observamos en nuestras salidas al campo. Es como si al poner o conocer su nombre, de alguna manera, las dominásemos.

Durante un paseo familiar por la Sierra de Grazalema el 26 de junio pasado, sufriendo un adelanto del intenso calor que hemos padecido este verano, nos sorprendió ver a un lado del camino varias decenas de nidos de avispas en el suelo. Habría casi un centenar en poco más de un metro cuadrado. La actividad de los insectos era frenética, mientras unos se afanaban en hacer agujeros otros se dedicaban a taparlos y, lo más curioso, alguna avispa sacaba larvas de su nido y luego las metía y volvía a taparlo.
No podíamos aguantar más tiempo el sol y el calor, llevábamos más de tres horas andando y estábamos deshidratados. Tomé las fotos que pude y grabé vídeos sin saber muy bien lo que estaba observando. El trabajo de identificación e interpretación de lo que habíamos visto me tocaría hacerlo en casa.
Como suelo hacer, recurrí a la web de Biodiversidad virtual, suponiendo que se trataba de una avispa de la familia Vespidae. Son muchas las especies de esta familia y algunas muy parecidas entre sí. Por el aspecto robusto y su tamaño me parecía una avispa emparentada con Polistes Vespa, más por el color rojizo de la parte anterior del abdomen no me parecía una avispa común. Por fin localicé que no pertenecía a las Vespinae, que son avispas sociales, sino a la subfamilia Eumeninae, que son avispas solitarias que suelen tener un aspecto bastante diferente, generalmente más estilizadas. Pinchando aquí puede verse una foto de un ejemplar más típico de esta familia, perteneciente al  género Eumenes
Nuestras observaciones se trataban, posiblemente, de representantes del género Tropidodynerus.

En dicha web leí que las imágenes y la información de estas avispas son poco abundantes y, de hecho, poco encontré buscando por la red. 
Afortunadamente Leopoldo Castro, especialista en esta subfamilia que colabora en Biodiversidad virtual, me confirmó que, como yo había supuesto, se trataba de la especie Tropidodynerus flavus y fue tan amable de facilitarme la referencia que indico al final de esta entrada. Muchas gracias. También me advirtió que, si bien se conocían estos detalles de otra avispa similar, de la especie que se distribuye por la Península Ibérica no había imágenes ni publicaciones sobre su comportamiento.
Por fin tenía su nombre y por fin entendía lo que habíamos visto.


Por las observaciones, fotos y vídeos de esa calurosa mañana y con lo que he podido leer, la Historia Natural de estos insectos transcurre de la siguiente manera:
Las hembras hacen agujeros independientes en el suelo, pero las unas cerca de las otras. Al hacer el túnel, de unos cuatro centímetros de profundidad, agregan el material del suelo formando pequeñas pelotillas que dejan en el entorno del agujero con lo que luego les resulta más cómodo tapar y destapar la salida, cosa que hacen varias veces a lo largo del proceso de nidificación.
Para alimentar a sus larvas, las madres llenan las celdillas con larvas paralizadas de escarabajos, posiblemente curculiónidos (gorgojos). No se pueden identificar esas larvas con las fotos, pero en la especie T. interruptus así es. Los machos sobrevuelan la zona intentando fecundar a las hembras atareadas en la construcción de nidos.


Las hembras van acumulando presas en el nido y cada vez que introducen una presa vuelven a tapar el agujero con las pelotillas de tierra. Así lo hacen, una y otra vez hasta que reunen cerca de una decena de larvas. Entonces ocurre una cosa muy curiosa: sacan todas las presas del nido y limpian con cuidado su interior. Todo este trabajo es para evitar que las avispas cuco pongan sus huevos dentro y se aprovechen de las presas ajenas. Una vez limpio el nido vuelven a meter las presas en el nido, ponen el huevo y lo sellan definitivamente. En él se desarrollará la larva de la avispa a costa del almacén de larvas de escarabajos "adormecidos" por el aguijón de la madre.
En mi opinión estas agregaciones de nidos y el aspecto más parecido a las avispas comunes que a otros eumeninos, hacen que un enemigo piense que está ante una colonia que puede actuar con un ataque conjunto, y no ante avispas independientes e inofensivas.


En las siguientes fotos he rodeado con un círculo a la borrosa imagen de las posibles avispas cuco o cleptoparásitas de los nidos de Tropidodynerus. Fue imposible hacerles una foto decente porque se movían de manera rapidísima. En la última parte del vídeo también se intuyen, como sombras que pasan por encima. En el trabajo de Arens que enlazo más abajo, las avispas cuco son del género Chrysis, que también está presente en la fauna ibérica, pero no puedo confirmar nada porque se movían tan deprisa que me fue imposible verlas y fotografiarlas bien. Aunque por tamaño y aspecto las siluetas que se ven en las fotos, bien podían serlo.



Como se da a entender en la cita de la novela con que comencé esta entrada, el conocimiento es más importante que la utilidad, pero estas avispas no son inútiles para los humanos ya que recordemos que los gorgojos que constituyen sus presas son plagas potenciales de cultivos y estas avispas colaboran a mantenerlos en equilibrio ecológico. Cuando un animal no tiene depredadores específicos, como pasa con la especie de gorgojo introducida llamada picudo rojo, Rhynchophorus ferrugineus,ocurren desastres como el que están padeciendo los palmerales del Levante español.
Y para finalizar, en el vídeo, las avispas en acción.


El trabajo de W. Arens sobre el comportamiento de nidificación de Tropidodynerus interruptus, que me facilitó Leopoldo Castro, puede leerse en el este enlace.

miércoles, 29 de agosto de 2012

El ecosistema cardo

Continuando con los cardos veraniegos, prometí en la anterior entrada tratar el caso de habitantes más específicos de estas plantas. Uno de los que más me llamó la atención fue esta mosquita que aparece en la foto junto a la chinche Carpocoris, para que podáis comparar su tamaño.


Se trata de la especie Tephritis postica y la pude ver en todas mis visitas semanales, durante mes y medio a los Carduus de los prados cercanos a casa. Los machos son unos infatigables cortejadores que vuelan, andan y danzan alrededor de las hembras con toda una parafernalia de movimiento de alas, siendo muy visibles, especialmente gracias a las manchas oscuras que adornan sus alas. Siempre las vi sobre la zona más alta de los cardos, alrededor de los capullos, y estaban tan absortos en sus cortejos y tan confiados en su espinoso entorno, que apenas se asustaban mientras les hacía las fotos.


Las hembras se diferencian claramente de sus acosadores consortes porque tienen el abdomen terminado en un grueso tubo ovopositor. Este tubo les sirve para poner los huevos en el interior del capullo del cardo, que es bastante duro, donde se desarrollarán las larvas.
Las danzas son incesantes y a veces se acumulan los pretendientes alrededor de las hembras, hasta que alguno consigue su propósito.


En el mismo lugar, sobre las hojas más altas del cardo descubrí una araña que no solo se parecía físicamente a las moscas y era del mismo tamaño, sino que se movía de manera parecida. No me cabe duda de que su estrategia es hacer que los machos cortejadores se acerquen a ella con fatales consecuencias para ellos. En la foto se puede apreciar que incluso la postura de las patas traseras, con sus manchas, acentúa el parecido con sus pretendidas presas, aunque en la araña sean patas y no alas. A veces pienso que me estoy obsesionando un poco con los casos de mimetismo en los artrópodos, pero para mí es más que evidente la semejanza.


Hablaba en la anterior entrada de la melaza que destilan los capullos del cardo. No sé si es un fenómeno propio y natural del cardo o provocado o favorecido por algunos de los muchos insectos que acuden a ellos. La cuestión es que casi todas las cabezuelas de los cardos (Carduus) tenían en mayor o menor grado esta espuma y goterones pegajosos que incluso chorreaban sobre las hojas.


Cuando el capullo estaba apenas desarrollado acudían cientos de hormigas en fila que se acumulaban unas sobre otras, es de suponer, con gran deleite. Yo creo que algo muy especial tiene que tener esta melaza porque las hormigas, y otros insectos, se quedan quietos chupando y no hay manera de que se retiren para dejar paso a otras hormigas, que parecen esperar turno a dando vueltas alrededor del concurrido centro.

Es más, lo mismo hacían los escarabajos, Oxythyrea funesta, que parecían literalmente muertos, rodeados de hormigas que, sin embargo, no les estaban atacando. Ya podía yo pasarles el dedo por encima, como si fuese una caricia, que ellos estaban totalmente absortos. Solo los he visto moverse para una cosa...


... copular.

Otro asunto es el de las hormigas que pastoreaban pulgones en el cardo borriquero del jardín de casa. No hay convivencia posible con insectos extraños porque las hormigas defienden con ferocidad a su ganadería.


Aquí el comportamiento de las hormigas es bien distinto, van de aquí para allá inquietas, toquetean a los pulgones para chupar el jugo azucarado que segregan (ellos, no el cardo), y bajan hacia el hormiguero después de un recorrido. No se quedan quietas ni se amontonan..

 
Solo un pequeño escarabajo desafía la ferocidad de las hormigas, este Coccinellidae, emparentado con las mariquitas, Hyperaspis reppensis.  Es paciente, espera unas hojas más abajo de donde las hormigas trabajan, esperando su oportunidad. Se agarra con fuerza a la planta replegando las patas y las antenas como medio de defensa y no ofrecer resquicios por donde las hormigas los puedan morder. Pero pobre del pulgón que se ponga en su camino.
Otra curiosa observación que he podido hacer es que en cuanto el cardo empieza a secarse los pulgones dejan de ser interesantes para las hormigas y los abandonan a su suerte. Entonces es la oportunidad de estas discretas mariquitas, que suben sin miedo al "piso de arriba" a comer sin piedad y se pueden ver incluso en pequeños grupos rodeados de sus presas, bastante depauperadas. Lo que no he visto es a sus larvas, aunque casi seguro que las había y se me han pasado por alto por mero desconocimiento de su morfología, que ahora sé que es diferente a la de las Coccinella y Adalia.

He visto muchos más insectos sobre los cardos y fotografiado, con mejor o peor resultado, unos cuantos más, pero poco sé de su biología e incluso no he sido capaz de identificarlos, así que los dejo para mejor ocasión. Como veis, merece la pena tener un cardo en el jardín.

Enlaces relacionados:

- De este blog:
Entrada anterior "Ponga un cardo en su jardín", pinchando AQUÍ.
Entrada sobre las setas del cardo corredor, pinchando AQUÍ.
Entrada sobre "las chinches lígan en el cardo corredor", pinchando AQUÍ.


- Y en el blog "El último rincón" de Javier Brbadillo, la entrada "La inadvertida utilidad de los cardos", pinchando AQUÍ.

lunes, 20 de agosto de 2012

Ponga un cardo en su jardín


El año pasado apareció en el suelo del jardín el rosetón de hojas de un gran cardo,en un lugar donde no iba a molestar a las demás plantas ni a nuestro paso. Así, con permiso de mi esposa que es la que se encarga de esa zona del jardín, decidí que había llegado el momento de dejarlo crecer plenamente para poder hacer un seguimiento de la fauna asociada y, a ser posible, fotografiarla.

Era un cardo borriquero, Onopordum acanthium, y se desarrolló plenamente alcanzando cerca de dos metros y medio de altura y aunque lamentablemente este año, con su particular meteorología, ha sido pobre en diversidad y cantidad de insectos, me he dedicado a ello con paciencia y dedicación.

Paralelamente he visitado con frecuencia varios grupos de otros cardos en los prados próximos a casa esperando, como así ha resultado, que estos aportasen más especies. Los grandes Carduus son los que más variedad han facilitado, sobre todo en primavera, alrededor los grandes capullos florales ricos en jugos azucarados.


La mayoría de las especies de insectos que acuden a ellos son generalistas, que pueden alimentarse y reproducirse sobre los cardos o sobre flores de otras especies. Entre ellas encontré chinches como estos Carpocoris mediterraneus, que ya vimos sobre cardo corredor en esta entrada.


E igualmente variados escarabajos que acuden a la melaza que segregan...
Heliotaurus ruficollis
Oxythyrea funesta

También avispas y abejas, que llegan buscando néctar...
... y mariposas que solo acuden a libar, junto a otras más específicas, que usan los cardos para que en ellos se desarrollen sus hijos. Entre ellas destaca la vanesa de los cardos, Vanessa cardui, cuyo nombre específico viene precisamente de los cardos, en los que se alimentan sus larvas, aunque también críen en las ortigas. Aún no me he planteado tener ortigas en el jardín para atraerlas... ¡he dicho aún!

Sobre los cardos podemos observar relaciones curiosas como el mimetismo batesiano, del que hablé en esta otra entrada, entre un meloideo, Mylabris, que es tóxico para los insectívoros pero inofensivo para otros insectos...

... y su clérido imitador del género Trichodes que, por el contrario, siendo perfectamente comestible es un feroz depredador sobre los otros insectos que acuden a las flores. Puede que use su aspecto tanto para defenderse de sus enemigos como para acercarse a sus presas.
Donde hay animales que acuden a comer productos vegetales hay depredadores y no son menos las arañas que tejen sus telas entre los cardos o esperan pacientemente a los insectos que acuden a las flores, como esta Synema globosum, tan parecida a la viuda negra, aunque nada tenga que ver con ella, sino que es pariente de las arañas cangrejo de las flores a las que también dediqué una entrada.

También es posible observar otro tipo de relación entre especies, como el mutualismo, del que también he tratado en la entrada correspondiente a las hormigas y su ganadería de pulgones.

La segunda intención al dejar crecer el cardo en el jardín fue hacerlo más atractivo para los jilgueros, que no en vano se llaman Carduelis carduelis, porque con su largo pico se alimentan de sus semillas. Estos bonitos pájaros sólo de vez en cuando se dejan ver por casa y la verdad es que me apetecía tener un regalo especial para ellos.

Lo malo es que el lugar donde creció el cardo no es visible desde la casa y no he podido comprobar si lo han visitado o no, aunque algún comensal sí han tenido, vistos los desmembramientos de las cabezuelas de semillas. Por eso las corté y las puse en uno de los comederos, aunque tampoco así he tenido suerte. Para el próximo año plantaré cardos en "mi" sección de jardín y a la vista desde las ventanas.

Ser un cardo es una cuestión de carácter y no de familia, pues en algunas de las familias botánicas que tienen cardos en su seno también hay representantes sin espinas. Entre ellas quizás los cardos no sean muy populares en la jardinería convencional, aunque a algunos no les falta ni belleza, ni interés, ni utilidades, pero eso lo explica mucho mejor Javier Barbadillo en la entrada de su blog "El último rincón", que puede verse pinchando AQUÍ.
Aún no he terminado, en una próxima entrada me acercaré a algunos de los habitantes más específicos de los cardos y el miniecosistema que se crea en torno a ellos.

martes, 7 de agosto de 2012

Bosque que no has de proteger déjalo comer

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Este verano ha sido noticia la suelta de 20 ejemplares de caballo de las retuertas, de Doñana, en la reserva Campanarios de Azaba en Salamanca. La idea es no solo separar el núcleo de Doñana como medio de gestión de la raza, sino ayudar a la conservación de las condiciones ambientales de la reserva salmantina gracias al control natural de la vegetación que hacen los caballos.

El caballo de las retuertas es una raza muy peculiar, milagrosamente conservada gracias a la gestión de Doñana realizada desde su creación, bajo la dirección de José Antonio Valverde, hasta la actualidad. Es una raza que se ha mantenido salvaje y sin apenas cruces en la zona de Reserva Biológica, a cargo del CSIC. Los estudios genéticos realizados nos indican que es la raza más antigua de España y una de las más antiguas de Europa, pues posee genes no compartidos con ninguna de sus razas descendientes. Solo quedan unas decenas de ejemplares, que han ido aumentando en los últimos años, y parece ser el momento de separar distintas líneas de sangre. En un futuro próximo algunos más viajarán a Portugal para fundar otro grupo de cría. Al final de esta entrada dejo varios enlace para los interesados en ampliar la información.

Caballos de las marismas de Doñana

Los otros caballos de Doñana, los caballos de las marismas, no son tan especiales, pero también cumplen su función en el control de la vegetación. Son varios cientos de ejemplares, magníficos, adaptados a las duras condiciones de inundación invernal y sequía estival, que lo mismo chapotean por la marisma que galopan por las arenas.

También en Doñana hay otro ejemplo de animal doméstico que vive en condiciones de semilibertad. Se trata de la vaca mostrenca o marismeña, una de las pocas representantes de su especie que pueden mostrarnos un comportamiento natural, con los machos luchando por cubrir a las hembras y formando sus pequeños grupos de solteros cuando pasa la época de celo, lo que nos recuerda a otros bóvidos silvestres.
Vaca mostrenca o marismeña en Doñana

Junto a ellas pastan gamos, ciervos y jabalíes compartiendo el hábitat y los recursos como una especie silvestre más.

Gamo entre vacas mostrencas en Doñana

¿Pero qué tienen que ver estos interesantes animales con el título de esta entrada? Pues precisamente porque son un ejemplo de gestión rentable de ganado en semilibertad que, además, ayuda a mantener controlada la vegetación. Porque el ganado en el monte es una de las mejores formas para prevenir el fuego.
Creo que este año, con los tremendos incendios, he oído hablar más que nunca de la necesidad de controlar los pastos y el monte bajo con ganadería extensiva. La falta de cuidado de los montes, el que ya sea innecesaria (por el momento) la recogida de leña como combustible y la transformación de la ganadería a explotaciones estabuladas más rentables, han hecho que los bosques queden a disposición del fuego, una tentación demasiado fuerte para la especulación. Porque, no nos engañemos, no es que haya una epidemia de pirómanos, es que para algunos es rentable que el monte se queme.
Cabra sujeta con una cebilla, especie de collar de madera
que se emplea para sujetar a las reses en los establos

Cuando yo era niño había un anuncio cuyo eslogan decía: "Cuando un bosque se quema, algo suyo se quema" y la retranca humorística del pueblo de a pié añadía: "... señor conde".

Ahora no es el monte del señor conde el que se quema, es el de una administración ciega, que ha convertido el bosque en monocultivos mal gestionados, que necesitan mucho trabajo, que nadie quiere ni puede pagar. Así no nos extraña que  el paisano lo queme y el especulador pague por quemarlo.

Cada uno de los rincones de nuestra geografía peninsular e insular cuenta con razas autóctonas nacidas de sus climas y suelos, las más de las veces duros para vivir a la intemperie. Quizás sean más rentables para el ganadero otras razas más seleccionadas para la producción de carne y leche, pero tengo mis dudas de que lo sean si se considera la gestión integral del territorio. Consideremos el cuidado de los montes, la gestión de las rapaces necrófagas y otras especies, la prevención y extinción de incendios, las pérdidas materiales y, lo más importante: las vidas humanas.

Pareja de raza Tudanca en el Parque de Cabarceno, Cantabria.

El panorama de muchas de las razas autóctonas españolas es desolador, muchas de ellas pueden considerarse en peligro de extinción y con ellas se iría no solo un patrimonio genético, sino una parte de nuestra historia y nuestra cultura. Solo unas pocas de nuestras comunidades autónomas han sabido relacionar la calidad de sus productos con sus razas ganaderas y el resultado no puede ser más satisfactorio.


 Caballos en ganadería extensiva en los montes de Cantabria

No se podría entender un queso de Idiazabal sin ovejas latxas ni chuletones de Ávila sin avileñas negras criadas en el monte, sin hormonas ni antibióticos, por no hablar del jamón de cerdo ibérico engordado en las dehesas de encinas y alcornoques.

Pareja de avileña negra ibérica en la Sierra de Madrid.

Cuando los productos son de calidad se pagan al precio que valen y al consumirlos debemos valorarlos no solo por si mismos sino por los servicios que producen al ecosistema. 
 Oveja carrazana cara negra en Asturias

No es casualidad que algunas de las zonas de donde proceden los productos tradicionales de mayor calidad sean los mismos en los que sobreviven las especies más emblemáticas como las águilas imperiales, el lince, el oso y el lobo. No es casualidad que esas zonas se vean favorecidas por un tipo de turismo respetuoso con el medio, que lo valora y lo paga a un precio más alto que el turismo de botellón y juerga nocturna. Y que también valora la identidad de sus habitantes que están orgullosos de su tierra.
Uno de los muchos incendios que asolaron el norte de Portugal y 
la provincia de Pontevedra en el año 2010 
Además, relacionadas con la ganadería existen otros productos artesanos más recomendables como recuerdo de viaje para los urbanitas que los "souvenirs made in China" que solo cambian el nombre de la localidad sobre el cenicero, termómetro o gancho para las llaves.
¿Cuantas vacas, ovejas o cabras se pueden mantener con 
el gasto de un helicóptero?

A continuación los enlaces para ampliar información:

Vaca mostrenca de Doñana

Caballo de las Retuertas en Doñana

Noticia sobre Suelta de caballos de las retuertas en Salamanca




domingo, 22 de julio de 2012

Planarias, refrescando la memoria

Seguro que muchos de los paseantes de este fin de semana en el valle de la Barranca, en Navacerrada, han buscado, como yo, la sombra de los pinos y refrescarse en la fuente de Mingo. Especialmente si íban de paso, a la ida o a la vuelta, de ascensiones más ambiciosas, como hacia la Bola del Mundo o La Maliciosa.
Solo algunos se habrán dado cuenta de que en el fondo de la pequeña pileta viven una especie de pequeños gusanos negros de poco más de un centímetro de longitud. Y unos pocos, al ver su aspecto, pensarán que están en presencia de sanguijuelas, pues su aspecto es realmente parecido. También se podrán encontrar, aunque no tan fácilmente, en los arroyos del entorno del valle.
Planarias bajo una piedra en el fondo de la pileta de la Fuente de Mingo. La Barranca, Navacerrada.

Pero no son sanguijuelas, las sanguijuelas tienen la parte de la cabeza afilada y en la cola una ventosa. Estamos en presencia de planarias. Sin estar seguro al cien por cien, creo que de la especie Polycelis felina (si me equivoco avisadme, por favor, no soy un experto ni mucho menos).
Las planarias son gusanos planos (filo Platelmintos) de la clase de los turbelarios, que son de vida libre y no parásitos como otros gusanos del mismo filo. Los hay marinos, de agua dulce y habitantes del suelo húmedo y se alimenten de otros animalillos de su entorno. Así, si para refrescarnos metemos las manos o los pies en el agua de un arroyo con planarias, no debemos temer que éstas nos chupen la sangre, como lo harían las sanguijuelas.

Planarias en el fondo de la pileta de la Fuente de Mingo. La Barranca, Navacerrada.

Pero además de refrescarme la boca y la cara en la fuente, la presencia de estas planarias me refrescó la memoria de algunas de las cosas que aprendí en el colegio y la universidad cuando estudié los turbelarios. Una de las cosas curiosas que se estudiaba por aquel entonces es que las planarias se podían cortar en trozos y de cada trozo se regeneraba una nueva planaria. Conociendo a otros animales que regeneran parte de su cuerpo eso no nos sorprende, pero ¿como es que se regenera una nueva planaria de un trozo que ni siquiera tiene cabeza? Porque en la cabeza estos animales tienen  un pequeño, pero funcional, cerebro.
Los científicos del siglo XIX, con una creatividad un tanto sádica, incluso dieron a las planarias cortes incompletos que, al intentar regenerarse, desarrollaron cabezas suplementarias en un mismo individuo. Es más ¿cómo es que se puede cortar una planaria en más de 200 trozos y que de cada uno de ellos se desarrolle un animal completo?
La respuesta es que en las planarias se conservan gran número de células madre, neoblastos, repartidos por todo el cuerpo. Esas células madre son capaces de regenerar cualquier otro tipo de célula especializada del organismo y así volver a completar un nuevo animal.
Zona ventral de planaria. Se distinguen claramente las expansiones laterales de la cabeza, 
eso las diferencia a simple vista de pequeñas sanguijuelas. La Barranca,
 Regajo del Cancho Negro, ladera de la Maliciosa

Este asunto ya es de por sí impresionante, pero más curiosa aún es la historia del estudio de la memoria en las planarias. Diseñar un experimento con el que demostrar que las planarias tienen capacidad de aprendizaje tiene su intríngulis, pero en 1955 R. Thompson y James McConnell lo hicieron de una manera muy simple: sometieron a las planarias a un fuerte destello de luz y a continuación a un calambre. Después de unas cuantas sesiones las pobres planarias se encogían solo con la luz, a la espera del calambrazo, aunque este no llegase. Pero la investigación fue más allá, cortaron a las planarias "sabias" en dos trozos y tanto la mitad con cabeza como la mitad sin ella, después de regenerarse, recordaban que tras la luz venía el calambre. Esto sugería que la memoria no se encontraba en el cerebro de las planarias, sino repartida por todo el cuerpo. Supusieron, y estaban en lo cierto, que la memoria tenía una base química. Es decir, que se había acumulado en moléculas de ARN.
Zona ventral de planarias que se desplazan adherida a la superficie del agua.
 Regajo del Cancho Negro, ladera de la Maliciosa


El no va más del experimento fue en 1962 cuando McConnell publicó que cuando a nuevas planarias, que no habían sido enseñadas, se les dio de comer planarias "sabias" trituradas, las caníbales aprendieron a esperar el calambrazo con muchas menos sesiones que las primeras. De esto el científico dedujo que la memoria se podía transmitir por la alimentación, al comerse del ARN producido por las planarias entrenadas. Pero no era así, experimentos posteriores demostraron que cualquier planaria alimentada con triturados de sus congéneres tenia más facilidad de aprendizaje que las que comían otros alimentos, independientemente de que las víctimas hubieran sido enseñadas o no. 
Ese controvertido artículo inspiró tanto a científicos como a autores de ciencia ficción, que elucubraron con la posibilidad de que los humanos pudiesen aprender a base de pastillas una vez sintetizados los productos necesarios.
El científico James McConnell fue un curioso personaje que editaba su propia revista y en ella mezclaba artículos de broma y artículos serios. Recomiendo encarecidamente buscar en la Wikipedia el artículo que le dedican. McConnell, además, fue víctima de un paquete bomba, que le dejó sordo, enviada por un famoso asesino múltiple, al que se apodó Unabomber, cuya historia también puede encontrarse en la Wikipedia