sábado, 25 de octubre de 2014

Inquietantes mantis y sus presas

Si hay unos insectos que a todos nos fascinan, esos son sin duda las mantis. Voy a llamarlas así de manera general, pero este taxón agrupa en realidad a todo un suborden llamado Mantodea dentro del orden Dictyoptera que, por cierto, también incluye a las cucarachas (Blattodea).
Los Mantodea cuentan en la Península ibérica con cuatro familias distintas. 

La primera de ellas, la familia Amorphoscelidae, son unos animales raros, un poco diferentes al resto de sus parientes, sólo hay una especie ibérica, Perlamantis allilbertii, que nunca he visto o nunca he sido consciente de haberla visto, y digo esto porque cuando miro las fotos de ellas en Biodiversidad Virtual, pienso que lo mismo la he confundido con un plecóptero. De hecho, su nombre genérico, Perlamantis, quizás proceda de su parecido con los representantes del género Perla y similares. La cuestión es que no tengo ninguna foto que ofreceros y os sugiero pinchar en este enlace para conocerla.

De la segunda familia, Empusidae, igualmente sólo tenemos una especie en la Península Ibérica, Empusa pennata. Pocas veces la he visto, a pesar de que es abundante y tiene una amplia distribución, pero es que su capacidad de camuflaje es impresionante. Se la ha llamado mantis palo porque, como esos otros insectos, es muy alargada y hasta tiene unas expansiones en el cuerpo y las patas que ayudan a que se confundan con los tallos y hojas de las plantas donde vive y acecha a sus presas.


Las fases juveniles de esta especie suelen tener el abdomen curvado hacia arriba en la parte final, un carácter muy común en las mantis de pequeño tamaño, pero los adultos son rectos. Las hembras son mucho más grandes que los machos y éstos tienen unas grandes antenas de aspecto plumoso.

El gran ejemplar de esta segunda fotografía, lo encontré por casualidad cerca de casa al fijarme en la extraña postura de la abeja que tiene entre sus patas. Tenía la sensación de que veía algo mal, hasta que mis ojos lograron enfocar al insecto que había detrás de la abeja que se debatía entre sus tenazas. Su cuerpo se confundía perfectamente entre las hojas del cardo corredor y solo el color de su presa la había delatado.

La tercera familia es Mantidae, la más numerosa y conocida. 
En mi jardín suelo encontrar, casi cada año algún ejemplar de Ameles spallanzania, un animalito rechoncho y con una mirada tan sagaz o más que la de las grandes mantis.

El ejemplar de estas primeras fotos lo encontré en la terraza de casa y la mosca que tiene entre sus patas me la arrebató literalmente de las pinzas con la que se la acerqué. Luego, la ingesta fue tan rápida que apenas me dio tiempo a hacerle fotos. Me llama mucho la atención con que cuidado mastican y tragan hasta el último segmento de las patas, por muy duros que parezcan.
En un mismo grupo de plantas y en diferentes momentos, las he encontrado de color pardo claro y de intenso verde, que no siempre se correspondía con el color de su entorno, aunque se supone que su color depende de las plantas donde habita cuando hace la muda.
A finales de verano es cuando mejor se encuentran, porque las hembras tienen el abdomen muy engrosado, se mueven más torpemente y llaman mucho la atención.
También a finales de verano e inicio del otoño encuentro ejemplares adultos y, sobre todo, hembras de la especie que da nombre a todo el grupo: Mantis religiosa. Las veo en mi jardín, pero también en medio de la calle y en sitios muy poco recomendables para su supervivencia. Están buscando el lugar donde hacer la puesta y me da la impresión de que para ello, aprovechando que la fase adulta es en la que tienen las alas completamente desarrolladas, debe ser el momento de dispersión y colonización de la especie.
Como Ameles, se encuentran de color pajizo o verdes y, como todo el grupo, combinan su coloración con los movimientos espasmódicos que la ocultan en su entorno cuando están entre la vegetación. Son movimientos muy parecidos a los que hacen los camaleones al acercarse a una presa, lo que me hace suponer que se trata de una evolución convergente debida a que la visión de los insectos que son sus presas, debe confundir esos movimientos con los que el viento provoca en las plantas. En cambio, sobre paredes y asfalto destacan sobremanera y por eso en la fase de dispersión es cuando más se encuentran y posiblemente cuando más mueren.
En las siguientes fotos muestro un ejemplar que cazó ante mis asombrados ojos (y cámara fotográfica), dos abejas a la vez, cuando yo ni siquiera me había percatado de que se habían posado en la flor de menta. Luego, viendo las fotos con detalle, me di cuenta de que las abejas eran macho y hembra (el macho es el de las antenas largas, lo tiene en su pata derecha). Posiblemente venían copulando o estaban comenzando a hacerlo en ese mismo momento. Tampoco tardó mucho en comerlas, primero una, de principio a fin, y luego la otra con total parsimonia.
Para colmo, no tardó mucho en cazar y comerse otra abeja. Se ve que el embarazo le produce mucha hambre.
Como decía más arriba, lo que buscan tras este periodo de dispersión es encontrar un lugar para hacer la puesta, que en el caso de Mantis religiosa suele ser en la grieta de una piedra, bajo ellas o en una corteza, en un lugar resguardado del frío y el agua. Para mayor protección de los huevos, a la vez que los pone la hembra expulsa una espuma que al poco tiempo se endurece teniendo el aspecto de uno de esos modernos materiales aislantes que se usan en la construcción y que salen líquidos del bote para luego endurecerse en contacto con el aire. La naturaleza ha inventado muchas cosas antes que nosotros. Estos estuches de huevos se llaman científicamente ootecas. En la siguiente primavera, si no hay ningún contratiempo, nacerán unas cuantas decenas de minúsculas mantis de color pajizo, que se perderán entre la hierba y cazarán evitando ser cazadas hasta que alcancen el tamaño de sus padres.
Hay una cuarta familia llamada Tarachodidae, cuya única especie ibérica es Iris oratoria, que es muy parecida a las Mantis, pero de menor tamaño y con un precioso diseño en las alas posteriores, las membranosas que suelen llevar ocultas, pero que esta especie abre cuando se siente en peligro. Así toma un aspecto amenazante que se supone asusta a sus enemigos, como pájaros insectívoros y pequeños reptiles. No contenta con abrir las alas de golpe, también frota el extremo de su abdomen con ellas para hacer un ruido parecido al que se hace al arrugar un plástico. Tampoco tengo ninguna foto de esta especie, aunque la he visto muchas veces no he tenido la suerte de llevar la cámara encima. Os recomiendo verla en esta preciosa foto de Francisco Rodríguez en Biodiversidad Virtual.

Creo que hay una razón por la que las mantis nos llamen más la atención que otros insectos, el hecho de tener la cabeza bien diferenciada del cuerpo y, además, que sus patas anteriores sean capaces de manipular a sus presas para llevárselas a la boca. Esas características y que el tórax sea estrecho, como si fuese un cuello, les dan un aspecto ligeramente humanoide, propio de los alienígenas que nos pintan en las novelas de ciencia ficción.

Estos días de sol otoñal son ideales para ver mantis, pero no hay que molestarlas, están a punto de cumplir con su función en la vida, asegurar la siguiente generación.