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domingo, 12 de septiembre de 2021

Las chinches del jaguarzo blanco (y 4). Reproducción de Corizus hyoscyami

Lvitalidad de los insectos en el jardín se va debilitando estos días frescos preludio del otoño. Ya han cumplido sus tareas reproductoras y los que tienen que sobrevivir al invierno buscan un refugio para no fallecer congelados, mientras que otros sencillamente mueren dejando sus huevos o las crías (larvas o ninfas) a buen recaudo.
Repito fotografía ya mostrada en la segunda entrada de esta serie para recordar el aspecto de la especie. Aquí estaban en cópula el 4 de agosto. Tengo otras del 21 de julio. 

Esta segunda especie, la chinche de la canela, Corizus hyoscyami, también ha cumplido su ciclo biológico en el jaguarzo blanco, Halimium atripicifolium. Sin embargo, mis observaciones en el jardín me ha mostrado que su comportamiento reproductivo no se ha ceñido estrictamente a lo que las publicaciones indican.
Ninfa en su última etapa y adulto joven, aún con color pálido, el 14 de julio del 2020. Si no se indica lo contrario las demás fotos son del 2021.
Teóricamente es una especie univoltina, es decir, con una sola generación anual, cuyos adultos pasan el invierno escondidos en el suelo o entre la hojarasca. Así está ocurriendo excepto por un pequeño detalle, ahora, a finales de verano, han puesto huevos de nuevo.
Huevos en eclosión en fechas que podríamos decir normales, 9 de julio, puestas por ejemplares que han pasado el invierno como adultos.
Huevos encontrados el 29 de agosto. ¿Puestos por ejemplares invernantes que han vivido hasta ese momento o por nacidos este año? 
Es posible que las ninfas recién nacidas que ahora muestro no lleguen a desarrollarse y perezcan en invierno, desde luego, dudo mucho que lleguen a la fase adulta antes de que lleguen los fríos. Aunque el estar sobre una planta de hojas perennes sin duda les beneficia. Yo creo que si el verano climatológico se alarga, en determinados lugares esta especie, como otras muchas, puede tener una segunda generación o, quizás, invernar como ninfa. De hecho, he fotografiado en el jardín una puesta en sus fechas normales, primeros de julio, pero otra el 29 de agosto que eclosionó el 4 de septiembre.
Detalle de la puesta anterior.
En la plataforma Biodiversidad Virtual hay una foto de Fernando Laguna de una ninfa aún pequeña fotografiada en la provincia de Barcelona un 25 de septiembre.
Ninfas naciendo de la puesta mostrada en la foto anterior el 4 de septiembre. Las fotos a continuación son detalles de la esta misma puesta y fecha.




Al poco de nacer las ninfas hacen una muda y cambian de color. En ese momento se dispersan por su planta nutricia y son muy difíciles de encontrar, al menos para mí. Luego sí, cuando les quedan una o dos mudas (pasan por cinco) para llegar a adultas, se dejan ver en lo alto de las ramas y capullos de las flores.
Ninfa mediana del 26 de agosto del 2020.
Como puede verse, las fechas de puestas, adultos y ninfas no se corresponden con una sola generación anual en la que todos los ejemplares pasen el invierno en fase adulta.
En estos momentos, eso sí, los pocos adultos que puedo ver se encuentran escondidos en los brotes de la plantas y no veo ninguna de las ninfas de corta edad que deberían verse, pero la realidad es que nunca he visto ninfas de las edades intermedias entre las recién nacidas y el tamaño de la mostrada en la foto del 26 de agosto. Sin duda, pasan muy desapercibidas y no me ocurre solamente con esta especie de chinche.
Adulto bien escondido entre las hojas apicales del jaguarzo. Así han soportado los últimos chaparrones veraniegos.

Todas las entradas sobre el jaguarzo blanco  AQUÍ

viernes, 9 de octubre de 2020

Cinches escudo (3): La chinche mediterránea, Carpocoris mediterraneus

Continúo con esta serie dedicada a los hemípteros heterópteros, es decir, a las chinches que he llamado escudo por su forma y colorido.
La chinche mediterránea, Carpocoris mediterraneus, es una de las más abundantes y fáciles de ver en nuestra zona de campeo. Se puede encontrar en muy diversas plantas, pero yo tengo la impresión de que es más abundante en los cardos, tanto en los cardos marianos, borriqueros y otros de su familia, que están en su apogeo más bien en primavera y a principios de verano, como en los falsos cardos corredores más entrado el estío.


Así es como esta especie ha llegado a mi jardín, tanto como en el entorno de prados de mi casa, y las he fotografiado y mostrado en este blog en diversas ocasiones, como puede verse AQUÍ.

Carpocoris en cópula sobre la inflorescencia de un cardo borriquero, Onopordum acanthium, en mi jardín. 30 de junio 2020

Como ya he contado otras veces, todos los años suelo dejar que algún cardo crezca en algún rincón del jardín donde no molesten al paso, porque me dan la oportunidad de observar la numerosa fauna de insectos que atraen. Y no solo insectos, también aves como jilgueros, verderones y verdecillos que me lo agradecen y, a veces, hasta se dejan fotografiar... bueno, solo a veces. 
Pero no me voy a distraer, hoy va de chinches. Así, en la foto anterior muestro una pareja de Carpocoris mediterraeus en cópula, en un cardo de mi jardín.

Puesta de Carpocoris entre las espinas del cardo.

Unos días después de esa cópula, con los adultos aún pululando por el cardo encontré esta puesta y no me cupo duda de que se trataba del fruto de esa unión, ya que era casi idéntica a la que vi hace ya unos años sobre las acículas de un pino en la playa de La Marina, en Alicante, con la protagonista en plena faena. No parece que sea una coincidencia la forma de acícula de los dos lugares de puesta, bien diferente a la puesta, más numerosa y en una hoja plana, de Nezara viridula que mostré en la anterior entrada.
Momento
Momento de la puesta en las acículas de pino. Alicante.

Pensaba que iba a tener la oportunidad de hacer un seguimiento del desarrollo de estas chinches como el que mostré en mi anterior entrada, pero no fue así, el tiempo transcurrió y nada nacía. Y no solo eso, sino que empezó a crecer moho sobre los huevos, lo que indicaba que posiblemente estaba muertos. 
Sin embargo, en algo en equivoqué, no todos estaban muertos, al menos de uno de ellos nació una avispilla parásita, como puede verse en las siguientes fotos.


Me quedé sin poder fotografiar las ninfas en ese momento y han tenido que transcurrir más de 3 meses, desde el 30 de junio hasta el 6 de octubre, para que encuentre una ninfa de la especie, de los últimos estadios, en otra zona del jardín. Ha merecido la pena, es toda una belleza, con los brillos dorados que la adornan.

Carpocoris mediterraneus. Ninfa en los últimos estadios (creo que el 5º) sobre la  lavanda del jardín.

Taxonomía de Carpocoris mediterraneus.

La historia de la clasificación taxonómica de esta especie es bastante compleja y me ha costado dar con la conclusión final que he optado por seguir. 

IBERFAUNA, la base de datos del proyecto FAUNA IBÉRICA del MNCN, no la considera especie válida entre las cuatro existentes en la Península. Sin embargo, cita un artículo que sí lo hace. Es un trabajo del 2013 que puede consultarse en ESTE ENLACE. En él se concluye, con evidencias moleculares, que Carpocoris mediterraneus es una especie válida, muy común en España y diferente que Carpocoris fuscispinus con la que se había sinonimizado. Las dos especies coinciden en muchos lugares del continente europeo, también en varios sistemas montañosos de Península Ibérica. Incluso se han encontrado ejemplares de las dos especies en la misma planta, lo que refuerza la teoría de que son dos especies distintas que no hibridan. Las montañas parecen ser refugios fríos que datan desde las glaciaciones, algo que en el trabajo comparan con la distribución de algunas plantas y a mi me recuerda a las lagartijas serranas. No figuran en el trabajo hallazgos de C. fuscispinus en Guadarrama, así que habrá que fijarse en las zonas más altas. Este trabajo nos muestra fotos muy elocuentes de la forma de diferenciarlas.

Por otra parte, en la Península Ibérica la subespecie aceptada es Carpocoris mediterraneus atlanticus. Pero en el mencionado trabajo parece ser que las diferencias con la otra subespecie Carpocoris mediterraneus mediterraneus no están tan claras.

domingo, 3 de junio de 2018

Neurópteros. Delicadas bellezas y unos infantes terribles.

Desde que era un crío me gusta especialmente este orden de insectos. En el entorno del piso de mis padres, a orillas del Manzanares, aún quedaba mucho campo cuando nos fuimos a vivir allí y entre otros "bichos" no era raro que entrase en casa alguna que otra crisopa. Las crisopas, que son neurópteros, me parecían fascinantes, con ese color verde intenso, sus ojos dorados y las grandes alas de encaje. Entonces, con apenas 6 ó 7 años, las llamaba "mosquitos verdes"  De una manera curiosa, se quedaron en mi memoria para siempre: Una noche, antes de acostarme, me encontré una crisopa tranquilamente posada  haciendo su puesta en mi cepillo de dientes. Nunca se me olvidará la fila de huevecillos en el extremo de finas sedas... ni el asco que le dio a toda la familia... ja, ja, ja. Es el tipo de cosas que encantan a los niños.
Crisopa sp. Es complicado llegar al nivel de especie con una fotografía.
Más adelante fui aprendiendo más cosas de ellas, como que eran grandes depredadoras de pulgones y, por lo tanto, aliados de los agricultores y jardineros.
Personalmente los neurópteros que nos resultan más conocidos en la Península Ibérica me recuerdan mucho a los odonatos, otros de mis favoritos. Entre los diversos grupos hay unos que se asemejan extraordinariamente a las libélulas y otros que se parecen a los caballitos del diablo. Sin embargo, en absoluto están emparentados el orden Neuroptera con el Odonata. Es como si fuese un orden de insectos empeñado en mostrar evolución convergente con otros grupos que nada tienen que ver con ellos. Más adelante hablaré de otra familia aún más sorprendente.
Los odonatos no tienen metamorfosis completa, como ocurre con los saltamontes y cucarachas, por ejemplo, aunque nos despiste el paso de su vida acuática a vida terrestre, no pasan por una fase de pupa. Sin embargo, los neurópteros sí que sufren esa metamorfosis, como las mariposas y los escarabajos, de los cuales, a pesar de sus extremas diferencias, son grupo hermano.
Libelloides hispanicus. Sus semejanza es tal que su autor, Schäffer, al describir el género en 1763, no pudo menos que llamarlo así: Libelloides, que quiere decir "parecido a la libelula".

Pero también sus largas antenas son un elemento diferenciador y, por supuesto, no tienen la capacidad del magnífico vuelo de las libélulas.
No tengo ninguna buena foto de una especie del género Myrmeleon, pero esta especie, Macronemurus appendiculatus (gracias Jan Tomàs por la identificación), que es de la misma familia, es suficiente para mostrar su parecido con los caballitos del diablo. Como en el género anterior, sus largas antenas los delatan como neurópteros.

Hay algún grupo de neurópteros que tienen larvas acuáticas, pero son los menos, en general sus larvas son terrestres, aunque también sean terribles depredadores. Se caracterizan por tener muy desarrolladas las mandíbulas, que utilizan para atrapar a sus presas, luego se valen de un pico, que clavan en el cuerpo de la víctima, inyectándole jugos gástricos, para succionar su contenido semidigerido a continuación.

Nemoptera bipennis alimentándose de néctar, olvidado su carnívoro pasado.

Sin duda la especie más bonita de nuestra fauna es Nemoptera bipennis, cuyo nombre específico hace referencia a las alas posteriores alargadas y curvadas parecidas a plumas. Con su vuelo pausado llaman poderosamente la atención en los cortos periodos de tiempo primaveral en que pueden encontrarse, entre prados soleados y claros de bosque. Pero hay veces que al posarse entre la vegetación cerca del suelo parecen desaparecer, pues cuesta verlas por su coloración diruptiva. Sus larvas, según se descubrió recientemente, viven en el interior de hormigueros alimentándose de las larvas de sus hospedadoras. Sus huevos tienen cáscara dura y parecen semillas por lo que las hormigas las confunden y las llevan a sus despensas. Parece ser que incluso tienen algo en su cubierta que es como una golosina para las hormigas. Igual ocurre con algunas semillas, que poseen una parte llamada eleosoma o cuerpo graso, que es lo que interesa a las hormigas, siendo el resto de la semilla abandonada ya preparada para germinar. Una vez en el hormiguero nace la larva de Nemoptera y allí parece que adquieren el olor de la colonia y no son atacadas, aunque estén causando estragos en sus cámaras de cría.
Larva de hormiga león que suele pasar su vida enterrada en el fondo de conos de arena donde atrapa a sus presas favoritas: las hormigas.
Como decía anteriormente las larvas de neurópteros son depredadoras y de ellas se puede decir cualquier cosa menos que sean guapas. Ya he descrito la infancia de las Nemoptera, pero las de las Myrmeleon y otras hormigas león no se quedan atrás. Ellas se construyen una especie de cráter cónico en terreno arenoso y se las apañan para quitar todas las piedrecitas más gruesas, dejando sólo la más fina arena, prácticamente un polvillo al que resulta imposible agarrarse para salir de allí. En el fondo de ese cono, enterrada, espera pacientemente nuestra protagonista, vigila, pero no con los ojillos minúsculos que tiene, sino con toda una serie de pelos sensitivos que cubren su dorso y le avisan de cualquier vibración.
Trampas de un grupo de hormigas león, situadas en las cercanías de un hormiguero de Camponotus en un terreno arenoso, al borde de un camino.
Pero además, las larvas no hacen sus trampas en solitario, tienen tendencia a agruparse por lo que las infelices hormigas que pasen por allí tienen muchas probabilidades de caer en una o en otra, máxime cuando se sitúan, para más inri, en las cercanías de algún hormiguero. Por cierto, debido a su hábito de cazar hormigas, a estos neurópteros es por lo que se les llama hormigas león.
Según mis observaciones en el "campo de trampas" que aparece en la foto anterior, cuando las hormigas león han terminado de sacar a las hormigas todo el jugo que pueden, las dejan abandonadas y a veces se encuentran en el borde superior del cráter. Quizás las empujan a la superficie como deshechos que son o como si fuesen granos gruesos de arena que pueden servir para que otras se agarren y se puedan escapar. Curiosamente, las hormigas Camponotus, que son carnívoras, recogen los cadáveres y los llevan a su hormiguero, corriendo serio peligro de caer ellas también.
Hormiga Camponotus atrapada por una larva de hormiga león. ¿Eres capaz de ver su cabeza entre los granos de arena? 
Aquí señalo donde está.
Pero volvamos al momento de la caza. Habíamos dejado a la larva en el fondo de su trampa y a una infeliz hormiga cayendo en ella, los pelillos le transmiten la señal de alarma: ha llegado el momento de actuar. La hormiga se debate intentado subir por las resbaladizas paredes del cráter, a veces hasta lo consiguen, pero rápidamente la hormiga león empieza a echarle encima montones de arena para hacerle caer. Cuando la hormiga llega al fondo está sentenciada, las mandíbulas, como se ve en la foto, hacen presa en ella y entonces empieza a sacudirla para inmovilizarla y enterrarla. Así, lejos de miradas indiscretas como la mía, calma su hambre.

En el siguiente vídeo se puede observar una escena de caza.

En este otro las sacudidas que le da a la hormiga para ponerla fuera de combate
Y por último cuando ya la tiene casi enterrada.


Ni parecidas a libélulas ni a caballitos del diablo, hay otro llamativo grupo de neurópteros completamente diferente a los anteriores, se trata de la familia Mantispidae, que se parece a las mantis religiosas. Digo llamativo por su aspecto, porque es realmente difícil tener la suerte de encontrarlos y son de pequeño tamaño. Tienen todo el aspecto de una mantis, con sus patas anteriores adaptadas para capturar a sus presas e igualmente su tórax alargado y su cabeza bien diferenciada y las alas plegadas de la misma manera. Por si fuera poco, algunas especies tienen el abdomen anillado de color negro y amarillo, como las avispas. Lamentablemente nunca las he visto en vivo ni, naturalmente, podido fotografiar. Las larvas de la especie más frecuente, Mantispa styriaca son parásitas de arañas, parece que en especial de las grandes Lycosa, es decir, tarántulas, comiéndose las puestas y larvas... ya hace falta valor.
En este enlace se puede ver la carpeta de la especie en Biodiversidad Virtual:
Sorprendente ¿verdad?

Información complementaria:
Taxoficha para identificar las especies de Libelliodes ibéricos con sus mapas de distribición también en BV:
https://www.biodiversidadvirtual.org/taxofoto/sites/default/files/neu.14-1-2016.pdf