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lunes, 26 de julio de 2021

Efémeras. El misterio de los "bichos" pegados a la pared de casa.

Una de las preguntas que, como biólogo y naturalista, me suele hacer la gente que me conoce personalmente o a través de las redes sociales es: ¿Qué es este bicho que me he encontrado en la pared de casa?

Afortunadamente la respuesta es sencilla. No se trata de un "bicho" o insecto propiamente dicho, sino una exuvia, es decir, la piel de un insecto, que ha mudado. 
En este caso se trata de la exuvia de una efémera, pequeño insecto con un cierto parecido a los mosquitos, por el tamaño y  forma de vida, pero muy alejado de estos en el árbol de la evolución.
Las efémeras, del orden de los efemerópteros, son unos de los más primitivos insectos alados, seguramente incluso más que las libélulas que siempre se ponen como ejemplo de insectos que volaron en el periodo geológico del Carbonífero, mucho antes de que los dinosaurios aparecieran en la Tierra y cuando los primeros anfibios empezaban a colonizarla. Como las libélulas, en ese mundo en el que al parecer había más proporción de oxígeno en el aire y los insectos podían crecer más que los actuales, la efémera fósil más grande que se ha encontrado tenía nada menos que 45 cm de envergadura, frente a los apenas 2-3 cm de las actuales. 




Su primera etapa en la vida, como los anfibios y las propias libélulas, transcurre en el agua. De hecho, pueden pasar meses en el líquido elemento hasta que alcanzan el desarrollo completo y salen al aire. Presentan, además, un curioso fenómeno único entre los insectos: el que como animal alado tengan dos procesos de muda. Todos los demás insectos, sean de metamorfosis completa (como los escarabajos y mariposas) o simple (como saltamontes y chinches), una vez que alcanzan la fase alada ya no crecen ni mudan más y son ejemplares reproductores. Sin embargo, los efemerópteros salen del agua mudando la piel como forma alada, pero no siendo ejemplares reproductores (a  los que entomólogos llaman imago). Entonces, dan un corto vuelo, se posan en una planta, roca o en la pared de una vivienda si llegan atraídos por la luz, y en uno o dos días o incluso en apenas unas horas, vuelven a mudar. Esta vez sí, como imagos capaces de reproducirse. Ese es el proceso que se ve en las fotografías de esta entrada.
Atrás queda esa vieja piel o exuvia que tanto llama la atención a la gente cuando los ven en las paredes o techos de sus casas.

Los alados sexuados vuelan entonces en busca de pareja, para ello los machos suelen tener los ojos más grandes. Al juntarse en determinadas zonas llegan a formar grandes enjambres, habitualmente cerca de los ríos o lagunas, siendo muchas veces confundidos con nubes de mosquitos. Nada debemos temer de ellas, pues por no tener no tienen ni órganos para comer, mucho menos picar, ya que en muy poco tiempo, a veces horas desde que salieron del agua, mueren. Esa es la razón de su nombre, efémeras, que viene de efímera, por lo corto de su vida alada, aunque en la fase acuática hayan podido vivir más de un año. Pero eso los antiguos científicos que le dieron nombre no lo sabían.
Las efémeras son imitadas por los pescadores para hacer sus "moscas", que fabrican con hilos de colores y plumas atadas al anzuelo. Son típicas para la pesca de la trucha, una de las formas de pescar que más pericia, paciencia y conocimientos necesita. Se trata de hacer creer a los peces que el anzuelo es una hembra de efémera en el momento de acercarse al agua para hacer la puesta.
Las hembras fecundadas de efémera vuelan a ras de agua, introducen su abdomen para poner los huevos en ella y, la mayoría de las veces mueren de agotamiento cayendo al río. Los peces están por tanto muy acostumbrados a cazarlas y son así engañados por los pescadores.

Las ninfas o náyades, es decir las fases juveniles acuáticas, tienen el cuerpo y la cabeza muy parecido a los adultos, pero su abdomen está festoneado por pares de penachos branquiales que pueden agitar para hacer circular el agua a su alrededor.
Hay especies de aguas rápidas, aplanadas y adaptadas a soportar las fuertes corrientes sobre o debajo de las piedras de los ríos. Pero otras, como la de la foto, habitan en aguas quietas y tienen más libertad de movimientos y natación.
Las ninfas suelen alimentarse de detritos y vegetales, aunque no faltan especies que incluyen pequeños animales en su dieta. A su vez, ellas son presa habitual de náyades de libélula, larvas de escarabajos, ninfas de chinches acuáticas y plecópteros, de peces y de anfibios. Los adultos, igualmente, son alimento de numerosísimos animales insectívoros: peces, como ya hemos visto, aves como los vencejos, golondrinas, aviones y limícolos, así como anfibios en fase terrestre, lagartijas, arañas y otros pequeños animales depredadores.

El misterio de esos raros "bichos" pegados a las paredes, queda así desvelado y nos ha llevado al conocimiento de un fascinante grupo de insectos. 

domingo, 3 de junio de 2018

Neurópteros. Delicadas bellezas y unos infantes terribles.

Desde que era un crío me gusta especialmente este orden de insectos. En el entorno del piso de mis padres, a orillas del Manzanares, aún quedaba mucho campo cuando nos fuimos a vivir allí y entre otros "bichos" no era raro que entrase en casa alguna que otra crisopa. Las crisopas, que son neurópteros, me parecían fascinantes, con ese color verde intenso, sus ojos dorados y las grandes alas de encaje. Entonces, con apenas 6 ó 7 años, las llamaba "mosquitos verdes"  De una manera curiosa, se quedaron en mi memoria para siempre: Una noche, antes de acostarme, me encontré una crisopa tranquilamente posada  haciendo su puesta en mi cepillo de dientes. Nunca se me olvidará la fila de huevecillos en el extremo de finas sedas... ni el asco que le dio a toda la familia... ja, ja, ja. Es el tipo de cosas que encantan a los niños.
Crisopa sp. Es complicado llegar al nivel de especie con una fotografía.
Más adelante fui aprendiendo más cosas de ellas, como que eran grandes depredadoras de pulgones y, por lo tanto, aliados de los agricultores y jardineros.
Personalmente los neurópteros que nos resultan más conocidos en la Península Ibérica me recuerdan mucho a los odonatos, otros de mis favoritos. Entre los diversos grupos hay unos que se asemejan extraordinariamente a las libélulas y otros que se parecen a los caballitos del diablo. Sin embargo, en absoluto están emparentados el orden Neuroptera con el Odonata. Es como si fuese un orden de insectos empeñado en mostrar evolución convergente con otros grupos que nada tienen que ver con ellos. Más adelante hablaré de otra familia aún más sorprendente.
Los odonatos no tienen metamorfosis completa, como ocurre con los saltamontes y cucarachas, por ejemplo, aunque nos despiste el paso de su vida acuática a vida terrestre, no pasan por una fase de pupa. Sin embargo, los neurópteros sí que sufren esa metamorfosis, como las mariposas y los escarabajos, de los cuales, a pesar de sus extremas diferencias, son grupo hermano.
Libelloides hispanicus. Sus semejanza es tal que su autor, Schäffer, al describir el género en 1763, no pudo menos que llamarlo así: Libelloides, que quiere decir "parecido a la libelula".

Pero también sus largas antenas son un elemento diferenciador y, por supuesto, no tienen la capacidad del magnífico vuelo de las libélulas.
No tengo ninguna buena foto de una especie del género Myrmeleon, pero esta especie, Macronemurus appendiculatus (gracias Jan Tomàs por la identificación), que es de la misma familia, es suficiente para mostrar su parecido con los caballitos del diablo. Como en el género anterior, sus largas antenas los delatan como neurópteros.

Hay algún grupo de neurópteros que tienen larvas acuáticas, pero son los menos, en general sus larvas son terrestres, aunque también sean terribles depredadores. Se caracterizan por tener muy desarrolladas las mandíbulas, que utilizan para atrapar a sus presas, luego se valen de un pico, que clavan en el cuerpo de la víctima, inyectándole jugos gástricos, para succionar su contenido semidigerido a continuación.

Nemoptera bipennis alimentándose de néctar, olvidado su carnívoro pasado.

Sin duda la especie más bonita de nuestra fauna es Nemoptera bipennis, cuyo nombre específico hace referencia a las alas posteriores alargadas y curvadas parecidas a plumas. Con su vuelo pausado llaman poderosamente la atención en los cortos periodos de tiempo primaveral en que pueden encontrarse, entre prados soleados y claros de bosque. Pero hay veces que al posarse entre la vegetación cerca del suelo parecen desaparecer, pues cuesta verlas por su coloración diruptiva. Sus larvas, según se descubrió recientemente, viven en el interior de hormigueros alimentándose de las larvas de sus hospedadoras. Sus huevos tienen cáscara dura y parecen semillas por lo que las hormigas las confunden y las llevan a sus despensas. Parece ser que incluso tienen algo en su cubierta que es como una golosina para las hormigas. Igual ocurre con algunas semillas, que poseen una parte llamada eleosoma o cuerpo graso, que es lo que interesa a las hormigas, siendo el resto de la semilla abandonada ya preparada para germinar. Una vez en el hormiguero nace la larva de Nemoptera y allí parece que adquieren el olor de la colonia y no son atacadas, aunque estén causando estragos en sus cámaras de cría.
Larva de hormiga león que suele pasar su vida enterrada en el fondo de conos de arena donde atrapa a sus presas favoritas: las hormigas.
Como decía anteriormente las larvas de neurópteros son depredadoras y de ellas se puede decir cualquier cosa menos que sean guapas. Ya he descrito la infancia de las Nemoptera, pero las de las Myrmeleon y otras hormigas león no se quedan atrás. Ellas se construyen una especie de cráter cónico en terreno arenoso y se las apañan para quitar todas las piedrecitas más gruesas, dejando sólo la más fina arena, prácticamente un polvillo al que resulta imposible agarrarse para salir de allí. En el fondo de ese cono, enterrada, espera pacientemente nuestra protagonista, vigila, pero no con los ojillos minúsculos que tiene, sino con toda una serie de pelos sensitivos que cubren su dorso y le avisan de cualquier vibración.
Trampas de un grupo de hormigas león, situadas en las cercanías de un hormiguero de Camponotus en un terreno arenoso, al borde de un camino.
Pero además, las larvas no hacen sus trampas en solitario, tienen tendencia a agruparse por lo que las infelices hormigas que pasen por allí tienen muchas probabilidades de caer en una o en otra, máxime cuando se sitúan, para más inri, en las cercanías de algún hormiguero. Por cierto, debido a su hábito de cazar hormigas, a estos neurópteros es por lo que se les llama hormigas león.
Según mis observaciones en el "campo de trampas" que aparece en la foto anterior, cuando las hormigas león han terminado de sacar a las hormigas todo el jugo que pueden, las dejan abandonadas y a veces se encuentran en el borde superior del cráter. Quizás las empujan a la superficie como deshechos que son o como si fuesen granos gruesos de arena que pueden servir para que otras se agarren y se puedan escapar. Curiosamente, las hormigas Camponotus, que son carnívoras, recogen los cadáveres y los llevan a su hormiguero, corriendo serio peligro de caer ellas también.
Hormiga Camponotus atrapada por una larva de hormiga león. ¿Eres capaz de ver su cabeza entre los granos de arena? 
Aquí señalo donde está.
Pero volvamos al momento de la caza. Habíamos dejado a la larva en el fondo de su trampa y a una infeliz hormiga cayendo en ella, los pelillos le transmiten la señal de alarma: ha llegado el momento de actuar. La hormiga se debate intentado subir por las resbaladizas paredes del cráter, a veces hasta lo consiguen, pero rápidamente la hormiga león empieza a echarle encima montones de arena para hacerle caer. Cuando la hormiga llega al fondo está sentenciada, las mandíbulas, como se ve en la foto, hacen presa en ella y entonces empieza a sacudirla para inmovilizarla y enterrarla. Así, lejos de miradas indiscretas como la mía, calma su hambre.

En el siguiente vídeo se puede observar una escena de caza.

En este otro las sacudidas que le da a la hormiga para ponerla fuera de combate
Y por último cuando ya la tiene casi enterrada.


Ni parecidas a libélulas ni a caballitos del diablo, hay otro llamativo grupo de neurópteros completamente diferente a los anteriores, se trata de la familia Mantispidae, que se parece a las mantis religiosas. Digo llamativo por su aspecto, porque es realmente difícil tener la suerte de encontrarlos y son de pequeño tamaño. Tienen todo el aspecto de una mantis, con sus patas anteriores adaptadas para capturar a sus presas e igualmente su tórax alargado y su cabeza bien diferenciada y las alas plegadas de la misma manera. Por si fuera poco, algunas especies tienen el abdomen anillado de color negro y amarillo, como las avispas. Lamentablemente nunca las he visto en vivo ni, naturalmente, podido fotografiar. Las larvas de la especie más frecuente, Mantispa styriaca son parásitas de arañas, parece que en especial de las grandes Lycosa, es decir, tarántulas, comiéndose las puestas y larvas... ya hace falta valor.
En este enlace se puede ver la carpeta de la especie en Biodiversidad Virtual:
Sorprendente ¿verdad?

Información complementaria:
Taxoficha para identificar las especies de Libelliodes ibéricos con sus mapas de distribición también en BV:
https://www.biodiversidadvirtual.org/taxofoto/sites/default/files/neu.14-1-2016.pdf

jueves, 21 de septiembre de 2017

Aves de Terceira, Azores, y sus endemismos.

Como islas volcánicas que nunca han estado comunicadas con el continente y están muy alejadas de él, ya vimos que las Azores no tienen ni anfibios ni reptiles autóctonos. Igualmente los únicos mamíferos que han llegado por sí mismos a las islas son los murciélagos, que lo han podido hacer volando.
De la misma manera las aves pueden llegar a las islas, establecerse en ellas e incluso evolucionar hasta ser subespecies diferentes a las continentales. Otro asunto son las especies migradoras que al no estar aisladas no están afectadas por la deriva genética de las pequeñas poblaciones.
Las aves marinas utilizan las islas para descansar en sus viajes y algunas también para reproducirse, en algunos casos después de haber estado todo el resto del año en el mar abierto.

Ese es el caso de la pardela cenicienta Calonectris diomedea borealis, que es la subespecie atlántica, diferente a la del Mediterráneo. Pude observarla desde el barco que nos llevó a ver cetáceos, de otra manera hubiese sido imposible conseguir las siguientes fotos.
Pardela cenicienta, Calonectris diomedea borealis 
Más homogénea en sus poblaciones es la gaviota patiamarilla, Larus michahellis, aunque a algunos aún nos cuesta no decir argéntea. El grupo de la siguiente foto estaba en una laguna artificial de agua dulce y era evidente que estaban aprovechando el baño para limpiarse el plumaje.
Gaviota patiamarilla, Larus michahellis
En la costa el ave acuática que más veces vimos fue el charrán común, Sterna hirundo, que pescaba incansablemente pequeños peces cerca de la orilla.
       
Charrán común, Sterna hirundo 
Pasando ya a las aves terrestres, en Azores hay una subespecie propia de paloma torcaz, Columba palumbus azorica y en Terceira la pudimos observar en varios sitios, casi siempre en zonas forestales.
Paloma torcaz de azores, Columba palumbus azorica
Pero la que estaba en todas partes, desde los puertos y pueblos hasta en los acantilados, era la paloma bravía o doméstica, Columba livia, que ha sido introducida y es una verdadera invasora. El diseño más abundante es el que aparece en la foto siguiente y no el característico de las poblaciones silvestres del continente, con dos bandas alares. Pero las hay de todos los colores y diseños, como corresponde a su origen doméstico.
Paloma bravía, Columba livia
Otra subespecie endémica que pudimos ver fue la lavandera cascadeña, Motacilla cinerea patriciae. 
 Lavandera cascadeña, Motacilla cinerea patriciae
Un endemismo más, el abundante mirlo común, Turdus merula azorensis.
Mirlo de Azores, Turdus merula azorensis 
Algunas aves de las Azores están emparentadas con las de Canarias y el canario, Serinus canaria es una buena muestra de ello. Es una delicia observar a estas aves, que en mis viajes a Canarias no he conseguido ver, volando libres. No son muy diferentes en comportamiento a los verdecillos y verderones que hay en mi jardín, pero tienen ese plus de ser una especie que no tenemos en la Península. Lamentablemente son muy asustadizos y no he podido hacerles una foto a gusto en el poco tiempo disponible en el viaje.  
 Canario, Serinus canaria
Por el contrario, los pinzones son bastante "sinvergüenzas" y además de estar en todas partes, no dudan en acercarse a la gente en las zonas turísticas, donde consiguen con su belleza y simpatía alguna que otra golosina en forma de migas de pan o frutos secos. También son endémicos y se diferencian bien de los ibéricos. Su nombre: Fringilla coelebs moreletti.
 Pinzón de Azores, Fringilla coelebs moreletti
La última especie silvestre que pude fotografiar fue el estornino pinto, que también tiene su propia variedad, Sturnus vulgaris granti, en las islas. Parece que es de menor tamaño que la subespecie nominal, propia del sur de Europa. Solo conseguí hacer foto de unos juveniles menos desconfiados que se habían bañado en un arroyo y estaban tomando el sol en un murete de lava volcánica. 
Jóvenes volantones de estornino pinto, Sturnus vulgaris granti. 
Tuvimos una visión fugaz del ratonero de las Azores, Buteo buteo rothschildi, muy alto y que enseguida se metió tras los árboles y no me dio tiempo ni a sacar la cámara de la bolsa. Una pena, es un ave casi mítica, los descubridores de las islas las llamaron Azores por confundir su nombre con el de los Accipiter gentilis. También vimos fochas y ánades reales, pero a tanta distancia que no conseguí ninguna foto decente. Y, como no, gorriones, otra especie introducida que se encuentra por todas partes.

No me puedo resistir a poner fotos de estos Gallus gallus domesticus de raza portuguesa, aunque sean domésticos. Gallos, gallinas y pollos tienen un diseño que me parece de una belleza propia de animal salvaje.
Gallo, gallina y pollitos de raza portuguesa, Gallus gallus domesticus 
Y como curiosidad, también domésticas, las pintadas, que alguna vez he visto silvestres en África, y que me resultan muy graciosas y vivarachas. Numidia meleagris.
Pintada, Numidia meleagris  

domingo, 3 de agosto de 2014

Montañas, islas para animales y plantas.

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Picos de la Sierra de Guadarrama, islas en un mar de niebla.
Estoy seguro de que si Darwin en lugar de viajar por el mar, como lo hizo a bordo del Beagle, hubiese recorrido las cordilleras del mundo colectando animales, habría llegado a la misma conclusión sobre la evolución de las especies. Las montañas no dejan de ser islas separadas por llanuras entre las que el intercambio genético es muy escaso.
Y es que al observar las especies de alta montaña, sus semejanzas y sus diferencias, habría llegado al convencimiento de que muchas de ellas están emparentadas aún viviendo separadas por centenares de kilómetros y, cuanto más alejadas sean las montañas más diferentes serán las especies, aunque todas ellas estén adaptadas a las duras condiciones que impone la altitud y el clima.
Iberolacerta cyreni de la Sierra de Guadarrama
Desde luego, las islas Galápagos son el ejemplo perfecto de un laboratorio donde actúa la evolución, pero sabiendo observar también lo son las cumbres de las montañas.
No dudo que las iguanas son más fascinantes que las lagartijas serranas y las tortugas gigantes impresionantes comparadas con los escarabajos, pero las mariposas quizás no tengan nada que envidiar a los pinzones y, además, ir a verlos es mucho más económico, no sufriremos los mareos que padeció el bueno de Charles y haremos un ejercicio más sano.
Podarcis muralis en la Sierra de Guadarrama 
Respecto a las lagartijas, en los últimos años hemos visto como los taxónomos estudiosos de las lagartijas serranas ibéricas las han separado en siete especies diferentes a la vez que se retiraban del género Lacerta y se incluían en el género, Iberolacerta, que fuera de la península solo incluye otra especie más, relicta en los Alpes.
Pero no solo es interesante ver las diferencias entre las lagartijas serranas de diferentes macizos montañosos, sino observar su relación con las otras especies que habitan en las mismas montañas. Así, aunque la competencia entre especies sea muy controvertida para algunos ecólogos, el hecho es que donde Iberolacerta y Podarcis coinciden, son las Iberolacerta las que ocupan los pisos más altos, Podarcis muralis el piso intermedio y Podarcis hispanica la menor altitud. Pero en Sierra Nevada, donde no hay otras especies, es P. hispanica la que sube hasta muy por encima de los 3.000 metros, más arriba que cualquiera de las anteriores en el Sistema Central, cuyas montañas no son tan altas.
Podarcis hispanica en Sierra Nevada, por encima de los 2.500 metros de altitud
También son sumamente interesantes un grupo de escarabajos, con un nombre parecido a las lagartijas serranas: Iberodorcadion. Son cerambícidos de tamaño medio que se alimentan de raíces de plantas, muy concretas para cada especie. Las especies de montaña, que se alimentan de los piornos, tienen pequeñas variaciones según su origen y han dado lugar a un gran número de especies y subespecies de distribución muy restringida e interesante de seguir por las cuerdas serranas.  
Iberodorcadion perezi endemismo del Sistema Central
Iberodorcadion lorquinii endémico de Sierra Nevada
Igualmente, la mariposa ibérica montana por excelencia, Parnassius apollo, presenta diferencias en cada macizo montañoso y en base a ellos se han descrito muchas y discutidas subespecies. Las del norte peninsular tienen las manchas rojizas, pero las de Sierra Nevada son amarillas.
Parnassius apollo de la Sierra de Guadarrma, con manchas menos rojas que en Pirineos.
Parnassius apollo nevadensis, endémica de Sierra Nevada
Las cabras monteses son un ejemplo muy emblemático, en la Península Ibérica, de las cuatro subespecies descritas solo dos han sobrevivido, Capra pyrenaica victoriae en el centro de la Península y C. p. hispanica en las sierras mediterráneas y Sierra Nevada. 
Capra pyrenaica victoriae en la Sierra de Guadarrama.
Capra pyrenaica hispanica en Sierra Nevada, en pleno verano, cambiando el pelo y provista de un collar con un número. 
Se diferencian por la distribución de las manchas oscuras en los machos y en el grosor y sección de los cuernos. Además, su pariente más próximo, el íbice de los Alpes, Capra ibex, es más robusto, tiene los cuernos con los abultamientos muy marcados y en una sola curva espiral, a diferencia de las cabras monteses ibéricas, que los tienen más lisos y con dos curvaturas tomando la forma de una lira en los ejemplares más grandes. Una vez más nos damos cuenta de que en montañas próximas las poblaciones tienen un mayor grado de parentesco, son subespecies, mientras que en las más lejanas pueden considerarse especies diferentes. Eso, ahora y a nosotros, nos parece muy obvio, pero en tiempos de Darwin solo pensarlo era un pecado al contradecir a la biblia y aún hoy día, en alguna universidad americana lo atribuirían a un capricho divino y no a un efecto de la evolución.

La lista de plantas y animales, sobre todo insectos, sería larga y posiblemente muy interrelacionada, pero para no ser tan exhaustivo como el propio Darwin, voy a dejarlo aquí. Seguro que más adelante encuentro otros motivos para mostrar más interesantes endemismos montanos de los que he podido observar este verano. 



lunes, 9 de diciembre de 2013

Nuestras razas ganaderas, un tesoro de Biodiversidad.

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Vaca negra avileña ibérica en el Puerto de la Morcuera, Madrid.
Este fin de semana se ha hablado mucho en los círculos conservacionistas de la cacería que se ha celebrado en el Parque Nacional de Monfragüe y no he podido evitar recordar los inicios de la declaración de ese espacio, entonces aún Parque Natural.
La casualidad quiso que yo colaborase en un estudio sobre ranas en aquellos tiempos posteriores a la dura lucha contra el establecimiento de plantaciones de eucaliptos. Por eso, lo visité con mucha frecuencia durante dos años y conocí la que creo que fue su etapa más bonita, a cargo de Jesús Garzón.
Una de las acertadas ideas de Suso era recuperar algunos de los usos ganaderos de esa tierra y entre ellos incluía no solo la trashumancia y las cañadas y veredas como pasillos biológicos, cuando casi nadie se acordaba ya de ellos, y menos desde el punto de vista conservacionista, sino también las razas autóctonas como reservorio de biodiversidad cuando ese término aún no se había inventado.
Ahora llamamos biodiversidad genética a la que existe dentro de una especie y las razas ganaderas son un precioso ejemplo.
Una de las primeras vacas blancas cacereñas que llegaron al entonces Parque Natural de Monfragüe, finca Las Cansinas.
Diapositiva de la época digitalizada.
Siempre me han gustado tanto los animales silvestres como los domésticos y aquellas palabras suyas eran música para mis oídos. Y así fui testigo de los primeros intentos de volver a dotar a los ganaderos de mastines españoles y observé, en primera fila, la llegada al Parque del grupo inicial de vacas de raza blanca cacereña, que se encontraba (y sigue) en serio peligro de extinción. 
Con emoción nos contaba Suso que esas vacas, según decía la tradición, habían llegado a Extremadura de la mano de los romanos, que admirados de su belleza y blancura la utilizaban en sacrificios rituales a sus dioses. Después se habían conservado gracias a su rusticidad, pero en tiempos recientes se habían ido perdiendo por cruces con otras razas bovinas más seleccionadas pero menos resistentes, pues su fortaleza ósea las hacía idóneas para conseguir una buena producción de carne a la vez que resistencia y tamaño.
Entonces, todos pensábamos que aquello de los romanos seguramente se trataba de una bonita leyenda, pero años después, cuando los análisis de ADN relacionaron las blancas cacereñas, no con otras razas autóctonas ibéricas, sino ni más ni menos que con las vacas de la India, nos dimos cuenta de que quizás algo de verdad había en ella y que la tradición oral, generación tras generación de pastores, podía tener su razón.
Vaca avileña negra ibérica en prados de la Sierra de Guadarrama.
Ese problema de pérdida de variabilidad genética por hibridación con razas más productivas pero menos rústicas, es una constante en las razas españolas y lo vemos en el día a día en nuestro campos, donde a las vacas autóctonas les colocan sementales de otras razas para conseguir terneros más productivos. Afortunadamente, existe un pequeño número de ganaderos apasionados que se encargan de mantener ciertas razas y hay organismos oficiales que velan por su conservación.

Semental de avileña negra ibérica. Estos toros tienen una increíble potencia y agilidad y su sangre late por muchas de las ganaderías de toros de lidia.
Sé que me quedo muy corto, pero no tengo ni tantas fotos como me gustaría, ni este es el lugar adecuado para hacer una relación exhaustiva de todas nuestras razas. Valgan las que muestro a modo de ejemplo.
Veo a diario los rebaños de avileñas negras en las laderas de la Sierra de Guadarrama y me admira como soportan tanto la nieve y la escarcha invernal como los tórridos días de verano. No entiendo cómo pueden soportar con ese intenso color negro la radiación solar del mes de agosto.
Entre las avileñas, de cuando en cuando, se encuentran otras vacas de un bonito color grisáceo, llamado cárdeno. Se trata sin duda de moruchas cárdenas, aunque sean cruzadas, una raza de origen ibérico, propio de las dehesas salmantinas no muy abundante por esta zona madrileña. Sin embargo, el año pasado disfruté del espectáculo de un rebaño de ellas, posiblemente de pura raza, entre los pinares y prados de Cercedilla. Hay una variedad de cárdena andaluza, muy parecida y con igual color, aunque a veces es más manchada. En Andalucía tienen también sus correspondientes negra ibérica y retinta, todas son descendientes del tronco ibérico ancestral.
Vaca morucha en Cercedilla.
Las vacas retintas son de su mismo origen y, junto a las razas anteriores, son ancestros de muchas ganaderías bravas o de lidia, que al contrario de lo que suele creerse, no es una raza definida, sino una selección y cría de diferentes orígenes teniendo en cuenta su bravura y utilidad para la lamentablemente llamada "fiesta nacional". Teniendo esto en cuenta, no me preocuparía la pérdida de ese ganado, pues no considero que haga un gran aporte a la riqueza genética de nuestro patrimonio. Y tampoco me vale otro viejo argumento en defensa de la conservación del toreo, el hecho de ser valedora de las dehesas andaluzas, extremeñas o salmantinas, pues hay muchas otras razas que son rentables en ese ecosistema y, posiblemente, menos problemáticas. Aunque, naturalmente, es una opinión muy personal y, advierto, no lo voy a someter a discusión en los comentarios.

Vacada de lidia en Salamanca con claros orígenes de la raza retinta.
Otras de las vacas que pueden verse, aunque la mayoría de las veces cruzada con otras razas, son las berrendas. Son unos animales muy grandes y de cuerpo largo. Son conocidas y se han conservado posiblemente por su uso como mansos o cabestros para guiar al ganado bravo, incluso en los encierros. También es una excepcional raza de trabajo por su tamaño y fuerza, pero con la mecanización del campo no son tan necesarios y sus efectivos han disminuido mucho.
Semental de berrenda en colorado mostrado en la feria de ganado de Cercedilla en 2013.
En las dehesas de Guadarrama, Alpedrete y algunas más del entorno, se pueden ver vacas que se ajustan bastante a la tipología y color de la raza, aunque muy posiblemente estén cruzadas. Junto a la Carretera de Colmenar Viejo (N-607), cerca de la salida a Guadalix de la Sierra, hay un prado donde suele haber buenas vacas de estas razas.
Vacas y terneros con tipología de berrenda, aunque los cuernos no sean los típicos de la raza, al menos en el ejemplar más cercano, aunque quizás sea aún joven. Dehesa de Guadarrama.
Y, aquí la curiosidad: las berrendas en negro y las berrendas en colorado, no tienen el mismo origen a pesar de que su aspecto sea muy similar y que casi solo se diferencien en el color. La tradición ha querido que los ganaderos hayan mantenido a estas dos variedades separadas y así han llegado hasta nuestros días, aunque corren serio peligro, como siempre, al ser sustituidas por razas con mayor producción cárnica, aún siendo más delicadas. 
Vaca y ternero con forma y color propio de berrenda en negro. Dehesa de Guadarrama.
A veces puede confundirse una berrenda en negro con las típicas vacas lecheras holandesas de raza frisona. Son buenas pistas para diferenciarlas la irregularidad del borde de las manchas y las manchas de pequeño tamaño típicas de las berrendas, frente a los cuernos más pequeños y, desde luego, el gran desarrollo de las ubres en las frisonas.
Vaca frisona lamiendo a su ternero recién nacido en pleno campo. No es una imagen habitual porque estas vacas son más delicadas y suelen mantenerse estabuladas, especialmente cuando se acercan momentos como el parto. Además, cada día deben ser ordeñadas, con el consiguiente trasiego.
Otras joyas de nuestro panorama de razas autóctonas son los caballos de las retuertas, de los que recientemente se ha descubierto que es la raza más antigua de Europa y las vacas marismeñas de Doñana. Gracias a su sistema explotación estas vacas y caballos se han mantenido semisalvajes y forman parte del ecosistema del Parque, como tantas especies silvestres que allí habitan. Es una suerte que su primer director, José Antonio Valverde, tuviese a bien mantenerlos para así integrar la cultura y la economía con la conservación, que es la mejor manera de que perduren las condiciones que han dado valor a los ecosistemas ibéricos.
Vaca marismeña en el Parque Nacional de Doñana.
Las vacas marismeñas me traen el recuerdo de una anécdota que he oído aplicar a esta y a otras razas ganaderas manchadas ibéricas: El ganado que se mantiene en plena libertad en territorios amplios con poco control por parte de los ganaderos excepto para la extracción de algún ejemplar, marcar los terneros, algún cuidado y poco más, era importante que se pudiese distinguir el perteneciente a uno u otro propietario. Para eso, las manchas, las pintas, características de cada animal servían como si fuesen las huellas dactilares para diferenciarlos. Según dicen, ese es el origen de la expresión "conocerle por las pintas" o "qué pintas traes" aplicado a las personas cuando se les reconoce desde lejos por el aspecto.
Evidentemente, en el caso de las berrendas las pintas valen no solo para eso, sino para diferenciarlas del otro ganado al que estaban ayudando a manejar, que generalmente es de color más uniforme. Antaño había más mastines españoles de capa manchada para diferenciarlos de las ovejas, igual que los actuales mastines del Pirineo, pero precisamente cuando se fijó el estándar de esa segunda raza, se procuró eliminar de la cría (oficial) a los mastines españoles pintos, con un criterio más  estético que funcional, bastante absurdo.
Semental de asturiana de la montaña o casina, mostrado en la feria de ganado de Cercedilla este año.
También en la Sierra de Guadarrama  se pueden observar razas autóctonas de regiones más lejanas, como las casinas o asturianas de la montaña, que pude ver en la feria de ganado de Cercedilla. Igual que la asturiana de los valles, se crían para su aprovechamiento cárnico y se utilizan los sementales para cubrir vacas de las razas que hemos visto más arriba.
Vaca de asturiana de la montaña o casina, mostrada en la feria de ganado de Cercedilla este año.
Como dije al principio sería muy largo hablar de todas las razas por mucho que me gustaría. Sobre todo porque algunas son un verdadero icono representativo de la región de procedencia. Me gustan especialmente las razas gallegas como la rubia y la cachena, de las que lamentablemente no tengo fotos. También es una preciosidad la tudanca, tan representativa de los prados cántabros.

Tudanca pastando en Picos de Europa.
Terminando con las vacas solo por un momento me voy a detener en las cabras para mostrar una raza muy olvidada: la del Guadarrama, característica con su largo pelo especialmente concentrado en la parte posterior del cuerpo. Recuerdo, de niño, haber visto estas cabras en la Casa de Campo de Madrid, cuando mis padres me llevaban a pasar la tarde los fines de semana y en muchas excursiones veraniegas. Ahora me dan una alegría las raras veces que me topo con uno de sus rebaños en mis paseos campestres.

Cabra del Guadarrama, en Santa María de la Alameda.
No puedo olvidarme tampoco de los maltratados asnos y sus diferentes razas, la mayoría en peligro.
Asno maniatado, de raza andaluza en las cercanías de Grazalema.
Igualmente hay caballos españoles únicos y sus genes se encuentran en razas de todo el mundo. La conservación de las variedades autóctonas es una obligación que debemos a nuestros descendientes. Tengo especial debilidad por las especies pequeñas y rústicas del norte peninsular, sobre todo las que viven en estado semisalvaje como los asturcones. El pasado verano tuve el gusto de ver una raza que era desconocida para mi, la monchina de Cantabria, que también está catalogada como en peligro de extinción.
Caballos monchinos en los Picos de Europa.
Ovejas, cerdos y gallinas son otro patrimonio genético a tener en cuenta para su conservación.
Pero no solo son importantes las razas y su diversidad genética, sino las formas de explotación respetuosas con el medio ambiente e integradas en los ecosistemas tradicionales. En la Península Ibérica tenemos un inigualable patrimonio natural en los prados de montaña, dehesas y, sobre todo, en las vías pecuarias, que atraviesan nuestro territorio como autopistas naturales para la fauna y la flora, hoy lamentablemente interrumpidos por tan gran número de carreteras y vías férreas, cuando no invadidos por las más variadas infraestructuras y ocupaciones ilegales, que son casi imposibles de seguir. 

Si hay un proyecto que se eche de menos a nivel nacional es la supresión de las barreras para la dispersión de la fauna y la recuperación de las vías trashumantes con pasos subterráneos o elevados anchos y cubiertos por vegetación. 
Termino, como no, hablando de la persona que más me abrió los ojos a este mundo rural tan interrelacionado con la conservación, Suso Garzón, y su defensa de las cañadas y la trashumancia, que cada año se reivindica a su paso por Madrid, gracias a su iniciativa y tesón. 
Y gracias a los ganaderos y pastores que han contribuido con su trabajo a que estas razas y estos campos hayan llegado hasta nuestros días a pesar de las dificultades.
Fiesta de la Trashumancia en Madrid, momento del paso por la calle Alcalá, por donde discurre una cañada real.

Enlaces externos:



- El caballo losino, un ejemplo de esfuerzo personal y privado para la conservación de una raza autóctona en peligro. Y dentro de estas páginas no te puedes perder el capítulo dedicado a la encebra.

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