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miércoles, 29 de agosto de 2012

El ecosistema cardo

Continuando con los cardos veraniegos, prometí en la anterior entrada tratar el caso de habitantes más específicos de estas plantas. Uno de los que más me llamó la atención fue esta mosquita que aparece en la foto junto a la chinche Carpocoris, para que podáis comparar su tamaño.


Se trata de la especie Tephritis postica y la pude ver en todas mis visitas semanales, durante mes y medio a los Carduus de los prados cercanos a casa. Los machos son unos infatigables cortejadores que vuelan, andan y danzan alrededor de las hembras con toda una parafernalia de movimiento de alas, siendo muy visibles, especialmente gracias a las manchas oscuras que adornan sus alas. Siempre las vi sobre la zona más alta de los cardos, alrededor de los capullos, y estaban tan absortos en sus cortejos y tan confiados en su espinoso entorno, que apenas se asustaban mientras les hacía las fotos.


Las hembras se diferencian claramente de sus acosadores consortes porque tienen el abdomen terminado en un grueso tubo ovopositor. Este tubo les sirve para poner los huevos en el interior del capullo del cardo, que es bastante duro, donde se desarrollarán las larvas.
Las danzas son incesantes y a veces se acumulan los pretendientes alrededor de las hembras, hasta que alguno consigue su propósito.


En el mismo lugar, sobre las hojas más altas del cardo descubrí una araña que no solo se parecía físicamente a las moscas y era del mismo tamaño, sino que se movía de manera parecida. No me cabe duda de que su estrategia es hacer que los machos cortejadores se acerquen a ella con fatales consecuencias para ellos. En la foto se puede apreciar que incluso la postura de las patas traseras, con sus manchas, acentúa el parecido con sus pretendidas presas, aunque en la araña sean patas y no alas. A veces pienso que me estoy obsesionando un poco con los casos de mimetismo en los artrópodos, pero para mí es más que evidente la semejanza.


Hablaba en la anterior entrada de la melaza que destilan los capullos del cardo. No sé si es un fenómeno propio y natural del cardo o provocado o favorecido por algunos de los muchos insectos que acuden a ellos. La cuestión es que casi todas las cabezuelas de los cardos (Carduus) tenían en mayor o menor grado esta espuma y goterones pegajosos que incluso chorreaban sobre las hojas.


Cuando el capullo estaba apenas desarrollado acudían cientos de hormigas en fila que se acumulaban unas sobre otras, es de suponer, con gran deleite. Yo creo que algo muy especial tiene que tener esta melaza porque las hormigas, y otros insectos, se quedan quietos chupando y no hay manera de que se retiren para dejar paso a otras hormigas, que parecen esperar turno a dando vueltas alrededor del concurrido centro.

Es más, lo mismo hacían los escarabajos, Oxythyrea funesta, que parecían literalmente muertos, rodeados de hormigas que, sin embargo, no les estaban atacando. Ya podía yo pasarles el dedo por encima, como si fuese una caricia, que ellos estaban totalmente absortos. Solo los he visto moverse para una cosa...


... copular.

Otro asunto es el de las hormigas que pastoreaban pulgones en el cardo borriquero del jardín de casa. No hay convivencia posible con insectos extraños porque las hormigas defienden con ferocidad a su ganadería.


Aquí el comportamiento de las hormigas es bien distinto, van de aquí para allá inquietas, toquetean a los pulgones para chupar el jugo azucarado que segregan (ellos, no el cardo), y bajan hacia el hormiguero después de un recorrido. No se quedan quietas ni se amontonan..

 
Solo un pequeño escarabajo desafía la ferocidad de las hormigas, este Coccinellidae, emparentado con las mariquitas, Hyperaspis reppensis.  Es paciente, espera unas hojas más abajo de donde las hormigas trabajan, esperando su oportunidad. Se agarra con fuerza a la planta replegando las patas y las antenas como medio de defensa y no ofrecer resquicios por donde las hormigas los puedan morder. Pero pobre del pulgón que se ponga en su camino.
Otra curiosa observación que he podido hacer es que en cuanto el cardo empieza a secarse los pulgones dejan de ser interesantes para las hormigas y los abandonan a su suerte. Entonces es la oportunidad de estas discretas mariquitas, que suben sin miedo al "piso de arriba" a comer sin piedad y se pueden ver incluso en pequeños grupos rodeados de sus presas, bastante depauperadas. Lo que no he visto es a sus larvas, aunque casi seguro que las había y se me han pasado por alto por mero desconocimiento de su morfología, que ahora sé que es diferente a la de las Coccinella y Adalia.

He visto muchos más insectos sobre los cardos y fotografiado, con mejor o peor resultado, unos cuantos más, pero poco sé de su biología e incluso no he sido capaz de identificarlos, así que los dejo para mejor ocasión. Como veis, merece la pena tener un cardo en el jardín.

Enlaces relacionados:

- De este blog:
Entrada anterior "Ponga un cardo en su jardín", pinchando AQUÍ.
Entrada sobre las setas del cardo corredor, pinchando AQUÍ.
Entrada sobre "las chinches lígan en el cardo corredor", pinchando AQUÍ.


- Y en el blog "El último rincón" de Javier Brbadillo, la entrada "La inadvertida utilidad de los cardos", pinchando AQUÍ.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Las chinches ligan en el cardo corredor

Finales de agosto, calor, mucho calor, las herbáceas están amarillas y las flores de umbelíferas, que hace poco ofrecían néctar a gran cantidad de insectos en sus flores diminutas, tienen sus cabezas mustias, caídas como mirando al suelo. Solo unas pocas plantas mantienen una cierta lozanía ante estas temperaturas y sequía. Por su parte, las chinches de campo han desarrollado sus alas por completo, tras la última muda de piel ya son adultas y les llega el momento de la reproducción. A las chinches de campo les gustan las flores de las umbelíferas, pero ahora ya están secas casi todas ellas. El lugar de encuentro para las parejas tiene que ser una de las pocas plantas que aún las pueda alimentar.
En nuestros prados, cunetas, barbechos y escombreras, desde el nivel del mar a la media montaña ¿que mejor sitio que el cardo corredor? Y es que éste no es un verdadero cardo, sino una umbelífera excepcionalmente protegida y adaptada a la aridez mediterránea. Su nombre científico: Eryngium campestre.Al cardo le tenemos que agradecer que sea simbionte y alimente a un hongo, la seta de cardo, Pleurotus eryngii. Y esa es la razón por la que también se le llama cardo setero.
Los cardos corredores florecen en pleno verano y cuando se secan, ya entrando los vientos otoñales, con frecuencia son arrancados y ruedan por prados y caminos, como los arbustos de las películas del oeste americano. Así se dispersan las semillas que van cayendo por el camino. Pero en el suelo quedan los rizomas, que para las grandes plantas pueden ocupar varios metros de diámetro y, en simbiosis con él, las micorrizas del hongo, que pronto, si el año es húmedo, harán aparecer sus cuerpos fructíferos: las deliciosas setas.
En un paseo por casi cualquier paisaje ibérico, que no sea de muy alta montaña, nuestro camino estará flanqueado por estos humildes cardos y sobre ellos, con gran profusión, las chinches de campo extrayendo los últimos tragos de sabia y néctar o depredando sobre otros insectos, que de todo hay.
Entre las chinches más comunes y llamativas se encuentra Graphosoma italicum, imposible que pase desapercibida con la parte superior dibujada de líneas negras y rojas y punteado en el vientre.
También bastante común en nuestras latitudes es otra especie de la misma familia (Pentatomidae) y parecido tamaño, Carpocoris mediterraneus, e igualmente las encontraremos dedicadas a asegurar la siguiente generación.Aquí en la sierra de Madrid, a más de mil metros de altitud, están las chinches dedicadas a la cópula, pero hace un mes, muy cerca del mar, en la costa alicantina, ya estaba la misma especie poniendo huevos. De distinta familia (Lygaeidae) podemos encontrar, a la vez y en los mismos cardos, a la chinche de los avellanos, Spilostethus saxatilis, que dicho sea de paso, nunca ha atacado al avellano de mi jardín, pero abunda en los prados de alrededor de casa.
El ejemplar de la fotografía inferior tiene las alas izquierdas atrofiadas y nos deja ver claramente el ala dura superior, que es la que tiene color, y el ala membranosa y voladora, que queda debajo y se asoma en la parte trasera donde se suele cruzar con la del lado contrario.
Todas ellas tienen colores llamativos, anuncios de su toxicidad o de sabores desagradables, que la mayor parte de las veces proceden de las mismas plantas de las que se alimentan. Por eso son tranquilas y se dejan observar sin alterarse demasiado. A lo sumo, procuran ponerse en el lado contrario del palito donde estén posadas, como jugando al escondite, o procurarán introducirse un poco más entre las hojas espinosas del cardo, para sentirse más seguras. Eso nos dificulta un poco la fotografía, no todo va a ser tan fácil, pero dejándolas tranquilas un rato, volverán a sus quehaceres y amoríos permitiéndonos ejercer de voyeurs naturalistas. Si somos impacientes y las molestamos, seremos castigados y se dejarán caer entre las hojas más espinosas de la base o saldrán volando.

lunes, 20 de agosto de 2012

Ponga un cardo en su jardín


El año pasado apareció en el suelo del jardín el rosetón de hojas de un gran cardo,en un lugar donde no iba a molestar a las demás plantas ni a nuestro paso. Así, con permiso de mi esposa que es la que se encarga de esa zona del jardín, decidí que había llegado el momento de dejarlo crecer plenamente para poder hacer un seguimiento de la fauna asociada y, a ser posible, fotografiarla.

Era un cardo borriquero, Onopordum acanthium, y se desarrolló plenamente alcanzando cerca de dos metros y medio de altura y aunque lamentablemente este año, con su particular meteorología, ha sido pobre en diversidad y cantidad de insectos, me he dedicado a ello con paciencia y dedicación.

Paralelamente he visitado con frecuencia varios grupos de otros cardos en los prados próximos a casa esperando, como así ha resultado, que estos aportasen más especies. Los grandes Carduus son los que más variedad han facilitado, sobre todo en primavera, alrededor los grandes capullos florales ricos en jugos azucarados.


La mayoría de las especies de insectos que acuden a ellos son generalistas, que pueden alimentarse y reproducirse sobre los cardos o sobre flores de otras especies. Entre ellas encontré chinches como estos Carpocoris mediterraneus, que ya vimos sobre cardo corredor en esta entrada.


E igualmente variados escarabajos que acuden a la melaza que segregan...
Heliotaurus ruficollis
Oxythyrea funesta

También avispas y abejas, que llegan buscando néctar...
... y mariposas que solo acuden a libar, junto a otras más específicas, que usan los cardos para que en ellos se desarrollen sus hijos. Entre ellas destaca la vanesa de los cardos, Vanessa cardui, cuyo nombre específico viene precisamente de los cardos, en los que se alimentan sus larvas, aunque también críen en las ortigas. Aún no me he planteado tener ortigas en el jardín para atraerlas... ¡he dicho aún!

Sobre los cardos podemos observar relaciones curiosas como el mimetismo batesiano, del que hablé en esta otra entrada, entre un meloideo, Mylabris, que es tóxico para los insectívoros pero inofensivo para otros insectos...

... y su clérido imitador del género Trichodes que, por el contrario, siendo perfectamente comestible es un feroz depredador sobre los otros insectos que acuden a las flores. Puede que use su aspecto tanto para defenderse de sus enemigos como para acercarse a sus presas.
Donde hay animales que acuden a comer productos vegetales hay depredadores y no son menos las arañas que tejen sus telas entre los cardos o esperan pacientemente a los insectos que acuden a las flores, como esta Synema globosum, tan parecida a la viuda negra, aunque nada tenga que ver con ella, sino que es pariente de las arañas cangrejo de las flores a las que también dediqué una entrada.

También es posible observar otro tipo de relación entre especies, como el mutualismo, del que también he tratado en la entrada correspondiente a las hormigas y su ganadería de pulgones.

La segunda intención al dejar crecer el cardo en el jardín fue hacerlo más atractivo para los jilgueros, que no en vano se llaman Carduelis carduelis, porque con su largo pico se alimentan de sus semillas. Estos bonitos pájaros sólo de vez en cuando se dejan ver por casa y la verdad es que me apetecía tener un regalo especial para ellos.

Lo malo es que el lugar donde creció el cardo no es visible desde la casa y no he podido comprobar si lo han visitado o no, aunque algún comensal sí han tenido, vistos los desmembramientos de las cabezuelas de semillas. Por eso las corté y las puse en uno de los comederos, aunque tampoco así he tenido suerte. Para el próximo año plantaré cardos en "mi" sección de jardín y a la vista desde las ventanas.

Ser un cardo es una cuestión de carácter y no de familia, pues en algunas de las familias botánicas que tienen cardos en su seno también hay representantes sin espinas. Entre ellas quizás los cardos no sean muy populares en la jardinería convencional, aunque a algunos no les falta ni belleza, ni interés, ni utilidades, pero eso lo explica mucho mejor Javier Barbadillo en la entrada de su blog "El último rincón", que puede verse pinchando AQUÍ.
Aún no he terminado, en una próxima entrada me acercaré a algunos de los habitantes más específicos de los cardos y el miniecosistema que se crea en torno a ellos.

viernes, 9 de octubre de 2020

Cinches escudo (3): La chinche mediterránea, Carpocoris mediterraneus

Continúo con esta serie dedicada a los hemípteros heterópteros, es decir, a las chinches que he llamado escudo por su forma y colorido.
La chinche mediterránea, Carpocoris mediterraneus, es una de las más abundantes y fáciles de ver en nuestra zona de campeo. Se puede encontrar en muy diversas plantas, pero yo tengo la impresión de que es más abundante en los cardos, tanto en los cardos marianos, borriqueros y otros de su familia, que están en su apogeo más bien en primavera y a principios de verano, como en los falsos cardos corredores más entrado el estío.


Así es como esta especie ha llegado a mi jardín, tanto como en el entorno de prados de mi casa, y las he fotografiado y mostrado en este blog en diversas ocasiones, como puede verse AQUÍ.

Carpocoris en cópula sobre la inflorescencia de un cardo borriquero, Onopordum acanthium, en mi jardín. 30 de junio 2020

Como ya he contado otras veces, todos los años suelo dejar que algún cardo crezca en algún rincón del jardín donde no molesten al paso, porque me dan la oportunidad de observar la numerosa fauna de insectos que atraen. Y no solo insectos, también aves como jilgueros, verderones y verdecillos que me lo agradecen y, a veces, hasta se dejan fotografiar... bueno, solo a veces. 
Pero no me voy a distraer, hoy va de chinches. Así, en la foto anterior muestro una pareja de Carpocoris mediterraeus en cópula, en un cardo de mi jardín.

Puesta de Carpocoris entre las espinas del cardo.

Unos días después de esa cópula, con los adultos aún pululando por el cardo encontré esta puesta y no me cupo duda de que se trataba del fruto de esa unión, ya que era casi idéntica a la que vi hace ya unos años sobre las acículas de un pino en la playa de La Marina, en Alicante, con la protagonista en plena faena. No parece que sea una coincidencia la forma de acícula de los dos lugares de puesta, bien diferente a la puesta, más numerosa y en una hoja plana, de Nezara viridula que mostré en la anterior entrada.
Momento
Momento de la puesta en las acículas de pino. Alicante.

Pensaba que iba a tener la oportunidad de hacer un seguimiento del desarrollo de estas chinches como el que mostré en mi anterior entrada, pero no fue así, el tiempo transcurrió y nada nacía. Y no solo eso, sino que empezó a crecer moho sobre los huevos, lo que indicaba que posiblemente estaba muertos. 
Sin embargo, en algo en equivoqué, no todos estaban muertos, al menos de uno de ellos nació una avispilla parásita, como puede verse en las siguientes fotos.


Me quedé sin poder fotografiar las ninfas en ese momento y han tenido que transcurrir más de 3 meses, desde el 30 de junio hasta el 6 de octubre, para que encuentre una ninfa de la especie, de los últimos estadios, en otra zona del jardín. Ha merecido la pena, es toda una belleza, con los brillos dorados que la adornan.

Carpocoris mediterraneus. Ninfa en los últimos estadios (creo que el 5º) sobre la  lavanda del jardín.

Taxonomía de Carpocoris mediterraneus.

La historia de la clasificación taxonómica de esta especie es bastante compleja y me ha costado dar con la conclusión final que he optado por seguir. 

IBERFAUNA, la base de datos del proyecto FAUNA IBÉRICA del MNCN, no la considera especie válida entre las cuatro existentes en la Península. Sin embargo, cita un artículo que sí lo hace. Es un trabajo del 2013 que puede consultarse en ESTE ENLACE. En él se concluye, con evidencias moleculares, que Carpocoris mediterraneus es una especie válida, muy común en España y diferente que Carpocoris fuscispinus con la que se había sinonimizado. Las dos especies coinciden en muchos lugares del continente europeo, también en varios sistemas montañosos de Península Ibérica. Incluso se han encontrado ejemplares de las dos especies en la misma planta, lo que refuerza la teoría de que son dos especies distintas que no hibridan. Las montañas parecen ser refugios fríos que datan desde las glaciaciones, algo que en el trabajo comparan con la distribución de algunas plantas y a mi me recuerda a las lagartijas serranas. No figuran en el trabajo hallazgos de C. fuscispinus en Guadarrama, así que habrá que fijarse en las zonas más altas. Este trabajo nos muestra fotos muy elocuentes de la forma de diferenciarlas.

Por otra parte, en la Península Ibérica la subespecie aceptada es Carpocoris mediterraneus atlanticus. Pero en el mencionado trabajo parece ser que las diferencias con la otra subespecie Carpocoris mediterraneus mediterraneus no están tan claras.

martes, 17 de mayo de 2016

LA CADENA DE LA VIDA (3)

Dejamos en la última entrada a toda una legión de hormigas sobre los brotes de cardo. Hoy empiezo con otro cardo, en esta ocasión un cardo borriquero, Onopordum acanthium, que salió espontáneamente en el jardín y dejé crecer precisamente para poder observar su fauna asociada, que sabía que podía ser interesante y variada.
A este cardo no tardaron en llegar los pulgones y tras ellos, las hormigas pastoras.

El pastoreo es una actividad que realizan varias especies de hormigas y sobre muy diversas especies de áfidos, que es la familia a la que pertenecen los pulgones. Aunque, como he podido comprobar en mi propio jardín, no todas las especies de pulgones son útiles para ese propósito, de la misma manera que no todas las razas de rumiantes domésticos son válidos para el ordeño.
Hormigas pastoreando pulgones, Brachicaudus cardui. El ejemplar de la derecha está en el momento de recoger una gota de jugo azucarado excretado por el pulgón.
Los pulgones clavan su pico en los tejidos de las plantas (tallos, hojas, flores o frutos) para sorber la savia que por ellos circula, pero ese alimento es muy poco nutritivo porque está muy disuelto en agua para poder circular por la planta. Por esa razón, los pulgones necesitan sorber mucha cantidad de savia, casi continuamente. Si los pulgones no excretasen el exceso de líquido reventarían. Por eso, si nos fijamos muy de cerca en los grupos de pulgones que cubren las plantas veremos minúsculas gotitas sobre ellos. Esas gotitas no son simple agua, sino que también tienen jugos azucarados de la planta, que es lo que van buscando las hormigas. Por cierto, a veces, cuando aparcamos el coche debajo de los árboles, lo recogemos cubierto de una sustancia pringosa, son las gotas que excretan los pulgones (y también algún otro insecto). Igual puede ocurrir en las sillas de jardín que se dejan bajo algunos árboles o parterres de hiedra con pulgones.
Momento del "parto" de un pulgón.
Además, los pulgones necesitan alimentarse abundantemente, porque crecen muy deprisa y cuando llegan a adultos, más bien adultas, porque la mayoría son generaciones solo de hembras, empiezan a generar nuevos pulgones, que “paren” ya convertidos en una miniatura de sus madres.
En la foto, pastoreado por hormigas Lasius, la especie de pulgón Brachycaudus (Prunaphis) cardui. Las madres son de color oscuro, los verdes son fases juveniles.
Hay pulgones que pueden atacar a diversas especies de plantas, pero la mayoría de ellos son muy específicos y solo pueden vivir en su planta nutricia. Las plantas nutricias, en un ecosistema natural, no se encuentran todas tan juntas como en un cultivo y por eso, como ocurre con los parásitos, necesitan tener muchos hijos, porque la mayoría de ellos morirá sin encontrar un lugar donde alimentarse.
El hecho de que existan “malas hierbas” en el entorno de los cultivos, con sus correspondientes pulgones específicos, favorece la existencia de parásitos y depredadores de pulgones, que serán aliados naturales del agricultor en su lucha contra los que sí atacan a las plantas cultivadas.
Las tijeretas son voraces depredadoras de pulgones, aunque también, cuando no tienen ese recurso y son muy abundantes, pueden dañar a las plantas cultivadas.
Son muchos los parásitos y depredadores de los pulgones, como corresponde a todo ser que en la naturaleza se reproduce exponencialmente, resultando un abundante recurso alimenticio a disposición de otras especies, que no van a dejar de aprovechar la oportunidad.
Así es como han evolucionado tanto parásitos, especialmente pequeñas avispas, como depredadores que, a la escala del tamaño de un pulgón, son verdaderamente criaturas feroces. Sé que suena extraño llamar feroz a una mariquita de siete puntos o a sus larvas, pero su forma de dar caza y comerse a los indefensos pulgones que están fijados a la planta con sus picos hundidos en los tejidos vegetales, tiene muy poco de misericordioso. 
Dos momentos del ataque de las hormigas a una mariquita, Coccinella septempunctata, que amenaza a sus pulgones.

Las hormigas defienden como pueden a los pulgones que pastorean, pero tienen muy poco que hacer con las avispillas que llegan volando y ponen sus huevos bajo los pasivos pulgones. Las siguientes fotos no están hechas en el cardo, sino en una planta de colza, también del jardín, cuya evolución pude seguir con todo lujo de detalles y ya fue protagonista de otra entrada del blog.
Avispa parásita, Diaeretiella rapae, poniendo su huevo en el interior de un pulgón para comérselo desde dentro mientras en pulgón sigue alimentándose de la planta.
Sus larvas se los comerán desde dentro y del pulgón apenas quedará una cáscara vacía a la que los científicos llaman “momia”. A su vez en una ramificación de esta cadena de la vida, que en realidad más que cadena es una red de eslabones, como una cota de malla, hay otras avispas que ponen sus huevos en los pulgones ya parasitados y, una dentro de otra como una muñeca rusa, parasitan a las larvas de la avispa parásita.
Avispa Braconidae, poniendo su huevo sobre el pulgón convertido en momia por la avispa anterior, para parasitar a su vez a la larva parásita que hay en su interior.
Y por esta vez aquí lo dejamos, en una futura cuarta y última entrada continuaré esta cadena ramificada, que he podido seguir si apenas salir del jardín.