lunes, 3 de febrero de 2014

Aves invitadas a comer en el jardín

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Gorriones y tórtolas compartiendo comida mientras nieva en el jardín.
El invierno es duro para las aves.  A pesar del magnífico aislante térmico que suponen las plumas, estos animales tienen un metabolismo muy activo y necesitan consumir mucho alimento en relación a su tamaño. Por eso, particularmente los que nos hemos ido a vivir al campo y, en cierto modo, hemos invadido con nuestras casas y jardines sus hábitats, casi tenemos la obligación de facilitarles la vida en la medida de lo posible.
Tórtola turca comiendo Sedum, no en vano llamado panpajarito. El sedum crecía espontáneamente en una roca del jardín, pero con el tiempo lo he ido poniendo en otros lugares.
La primera medida es, sin duda, diseñar un jardín "amigable" para las aves y para el resto de la fauna, con lugares donde esconderse, anidar, buscar refugio y alimentarse. Para ello nada mejor que usar árboles y arbustos autóctonos y propios de la zona donde tengamos la casa. Por ejemplo, en mi jardín, como ya he mostrado otras veces, tengo varias especies que en otoño e invierno producen bayas que pueden alimentar a los pájaros, como madroño, durillo, serbal de los cazadores, hiedras, acebos y escaramujos y también algunos frutos de verano. Además, como puse en una reciente entrada, un olivo que a pesar del frío se ha adaptado bastante bien, ofrece las aceitunas a la mayor variedad de aves que he visto juntas en mi jardín. 
Bayas de acebo, un inmejorable alimento para las aves en invierno. Sin embargo, he notado que les cuesta trabajo entrar a ellos si no están totalmente maduros, quizás por lo espinoso de sus hojas. Sin embargo, en cuanto maduran desaparecen rápidamente.
Todo ese conjunto de árboles, arbustos y otras plantas no solo ofrecen alimento directo, sino que proporcionan escondrijos y un entorno familiar y seguro para las aves. Así, algunos pájaros tienen especial predilección por las plantas aromáticas para hacer su nido. Se ha demostrado que las planrtas aromáticas tienen efectos antiparasitarios en el nido y a primera hora de la mañana se les puede ver arrancando y llevando ramitas de menta. 
Frutos de serbal de los cazadores en plena maduración. El serbal da unas flores con un olor maravilloso que atrae a los polinizadores en primavera y sus frutos otoñales son una delicia para los pájaros.
Pero los frutos no suelen durar mucho tiempo, sobre todo los del serbal y los acebos, desaparecen pronto y si queremos que ayudar a las aves y que sigan viniendo asiduamente, les tenemos que proporcionar otro tipo de alimentos y, especialmente en invierno, a ser posible más energéticos.
Hace unos días puse en Facebook unas fotos de aves en un comedero en El Ventorrillo y a raíz de ellas me han hecho varias preguntas, así que creo que la mejor manera de responder es con esta entrada.
Tórtola turca mirando con curiosidad una nueva cámara espía que coloqué en el comedero. Es curioso ver la rapidez con que algunas especies se adaptan a los cambios y nuevas ofertas alimenticias y cómo otras son muy desconfiadas. No es el caso de estas tórtolas, que están muy adaptadas a la presencia humana, de ahí su éxito en la dispersión de la especie.

En casa el comedero que podríamos llamar principal, es una bandeja hecha con maderas recicladas puesta a unos 160 cm de altura en un poste. En él pongo, casi a diario todos los restos de pan que quedan en la mesa y también alpiste y diversas semillas, así como otro tipo de restos de la cocina, como puede ser el arroz. En él comen numerosos gorriones, alguna que otra urraca, mirlos y un valiente petirrojo invernante. Este año se han añadido una pareja de tórtolas turcas que intentan dominarlo poniéndose en medio, pero poco pueden hacer ante el acoso de los gorriones.
Carbonero común defendiéndose del intento de robarle la comida ante un gorrión.

Otros comederos que siempre tengo disponibles son un par de ristras de cacahuetes con cáscara y sin sal, que cuelgo en un árbol y en la ventana de la cocina. A ella acuden los carboneros comunes que tienen sus más y sus menos con los gorriones gorrones que les arrebatan la comida como conté en otra entrada.
De cuando en cuando he puesto un coco cortado y colgado, que ha sido el mejor método para atraer a los carboneros garrapinos, que no se suelen ver mucho por aquí. Cuando se gasta la carne del coco se puede rellenar con algunas de las pastas para aves que recomiendan numerosas webs y libros, pero debo confesar que yo no soy cocinillas ni para eso y alguna que otra me ha salido bastante mal.

Carbonero garrapinos comiendo coco.

Tanto los cocos como los cacahuetes, son un buen sistema para proporcionar alimento a páridos sin interferencias de aves de gran tamaño, urracas, rabilargos y las propias tórtolas, ya que estas aves no son tan buenos acróbatas como los pequeños páridos. 

Gorriones en un comedero comercial con semillas para canarios.

Alguna vez he colgado un comedero de semillas de los que venden para las pajareras en las tiendas de animales, porque lo encontré en unas rebajas, pero no me gusta mucho porque los gorriones tiran muchas semillas al suelo y, además, en cada uno de los agujeros solo puede comer un ave y se organizan bastantes peleas entre ellos. Para eso sería más práctico hacer un comedero casero con una botella de plástico agujereada y atravesada por palos para hacer de posadero.
Carbonero común comiendo las semillas de un "palito de miel" que se suele dar a los pájaros de jaula.
De cuando en cuando, si me pillan a mano cuando voy a supermercado, compro y coloco los típicos palitos de semillas con miel que también venden en pajarerías. Les encanta a los páridos y a los gorriones, que toman posturas muy graciosas para alcanzarlas.
Urraca en el momento de pescar el pienso de los peces que flota en el estanque.

De todas maneras, haciendo ofertas alimenticias variadas, es muy curioso y divertido ver como se las apañan los distintos pájaros para conseguir la comida. Por ejemplo: las urracas eran capaces de "pescar" el pienso que yo ponía a las carpas koi del estanque , aún haciendo equilibrios. Por cierto era pienso para gato, que sale más barato que el de peces y tiene la misma composición, sobre todo el de salmón.

Urraca con el fruto de su pesca, un granulo de pienso.
Pero es más, aprendieron que en el agua el pienso se ablanda y se puede comer mejor y fueron capaces de robar el pienso que les ponía a los mastines, de gránulos muy grandes y duros, para dejarlo flotando en el estanque hasta que lo pudiesen comer. Así resolví el misterio de cómo llegaba el pienso de los perros al estanque, que estaba en el otro lado de la casa, donde los perros no podían pasar.

Ventana de la cocina de casa donde se ve la ristra de cacahuetes (hecha con un alambre de pincho moruno) y un gorrión mirando a ver si el carbonero se dejó alguna semilla al alcance de su pico. Los gorriones no son capaces de romper las cáscaras de los cacahuetes, por eso acosan a los carboneros.

Otro sistema posible para evitar que las aves grandes, especialmente los córvidos, dejen algo para los pájaros pequeños, es poner la comida en la misma ventana o terraza, porque, al menos en mi casa, no se atreven a acercarse tanto. Por eso y para hacer mejores fotos y observaciones, tengo una ristra de cacachuetes en la reja de la ventana.
Por cierto ya que hablo de rejas, he visto que son la mejor manera de evitar el choque de las aves con las ventanas, aunque en grandes ventanales es complicado y caro ponerlas.
También se me ocurre que para que pájaros grandes no alcancen la comida se podría poner la comida en una especie de jaula de barrotes lo suficientemente separados para que entren los pájaros pequeños, pero no tanto como para que quepan los grandes. En casa, si se ponen muy pesadas las tórtolas, a lo mejor termino haciéndolo.

Zorzal en el momento de beber en el estanque, donde hay mallas de plástico para que puedan posarse y no caer al agua.

En verano más importante que la comida es tener agua disponible. En casa no tengo problema porque hay dos estanques y varios recipientes con peces y plantas acuáticas, pero es importante tener precaución porque si las paredes son muy lisas los pájaros pueden caer y ahogarse, sobre todo en el periodo de los pollos volantones. Para ello, los recipientes donde no hay muchas plantas que les faciliten el acceso y la salida del agua, les pongo mallas de plástico bien sujetas a la orilla. Esto sería muy conveniente en las piscinas, una o varias de estas mallas en las esquinas pueden salvar la vida a pájaros, lagartijas e  incluso insectos. Y si están colocadas cerca de la entrada de superficie de los filtros (skimer) mejor será, pues también valdrán para retener hojas u otros restos que caen al agua y que es mejor que no entren al filtro.
Si no se tiene estanque habría que poner un recipiente con agua de poca profundidad para que puedan beber y bañarse, aunque hay que renovar el agua para que no se críen mosquitos y no se ponga el agua verde de algas.
En invierno, durante las heladas sin nieve, también es importante proporcionarles agua líquida y conviene romper el hielo de los estanques en algún rincón, donde pronto acuden a beber.
También es buena idea dejar alguna zona del jardín con arena, porque los pájaros la usarán para sus baños en seco.
Mirlo bebiendo en los agujeros hechos en el hielo del estanque.

Por supuesto, comederos, bebederos e incluso las cajas nido, se deben poner a salvo de depredadores, especialmente gatos, que rápidamente aprenden donde se reúnen los pájaros para acecharlos. Es mejor que coloquemos los comederos y bebederos en zonas despejadas y a cierta altura desde donde se vea venir a los felinos. Por cierto, es curioso como los pájaros distinguen a los perros de los gatos, mi perra teckel, que tiene más o menos el tamaño de un gato, se pasea entre ellos sin que se asusten, así es ella, tan cazadora como yo. En su momento, a los tranquilos mastines casi se les subían encima y ya lo he comentado, les quitaban el pienso en su misma cara.

lunes, 13 de enero de 2014

2013. El año de la hierba viborera

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La pasada primavera hasta personas no especialmente interesados en la naturaleza se dieron cuenta de que los montes y prados se tiñeron de morado durante unos cuantos días. Todos los años ocurre en mayor o menor medida y después es fácil que el color sea sustituido por el amarillo y blanco de otras especies, pero este 2013 fue realmente llamativa la coloración morada.

Se trata de hierba viborera, Echium plantagineum, cuya característica son las hojas basales en forma de roseta. También forma tapices E. vulgare que tiene las espigas más largas, las flores más pequeñas y alcanza mayor altura. Son boragináceas a las que también se les ha dado el nombre de flor morada (o azul), lengua de vaca, chupamieles y, el que más me gusta: paquetequieromañosa.

Lo de viborera es porque su fruto tiene una forma parecida a la cabeza de ese reptil y también, quizás, porque cuando están brotando los capullos florales tienen una forma enroscada con un cierto parecido a una serpiente (esto es más propio de E. vulgare). De ella la antigua medicina natural decía que valía para tratar las picaduras de las víboras, pero no es algo que ahora se mantenga, aunque parece ser que sí tiene ciertos usos medicinales.

Estas flores son muy productoras de néctar, no tanto de polen, y quizás de ahí venga el nombre de chupamieles, ya que las abejas acuden a ellas con verdadera pasión. No es de extrañar, ya que son de las primeras que cubren en gran cantidad los campos y ofrecen un buen banquete a las abejas después de los fríos.

Añadir leyenda
Lo de "paquetequieromañosa" se aplica porque no tienen gran utilidad, aunque a mi me parece que solo por la producción de miel de las abejas ya se merecen un poco más de respeto.


Sabiendo que era deseada por las abejas y suponiendo que también por otros insectos libadores de néctar, me propuse hacer una sesión fotográfica. Pero no, prácticamente todos los insectos que acudían a ellas fueron abejas de la miel. Debo recordar que esta primavera del 2013 no solo fue el año de la viborera, sino también de la escasez de insectos, que tras fríos y lluvias, después de una agradable primavera temprana, casi desaparecieron del campo y no empezaron a hacerse numerosos hasta bien entrado el verano.

Me conformé pues con fotografiar a las abejas con sus idas y venidas, entrando y saliendo de las moradas flores.


A medida que maduran y envejecen las flores de la viborera van cambiando de color, siendo más rojizas cuando aún no se han abierto y más azules cuando marchitan. El color azul, curiosamente, es el que mejor ven las abejas por su componente ultravioleta.

Pero si dicen que en las familias hay una oveja negra, entre las viboreras, de vez en cuando, también se encuentran las que dan la nota, la nota blanca.

Hay otras especie del mismo género que tienen las flores blancas, pero no es este el caso. Esto es una especie de albinismo floral que si fuese una especie de interés en jardinería, seguro que se habría seleccionado para su cultivo.

Además de las viboreras hay otras flores moradas que tiñen las laderas montanas, entre ellas los cantuesos, Lavandula stoechas, que cubren más las zonas rocosas que los prados. Entre unas y otras consiguen vestir las faldas de la Sierra baja madrileña y, además, nos ofrecen el espectáculo de cómo la floración se va extendiendo laderas arriba y de sur a norte a medida que avanza la estación cálida. 

Ante esos campos llenos de flores no puedo evitar recordar algo, sobre lo que ya hice una entrada, para tranquilidad de los alérgicos. Estas flores que se fecundan por el polen transportado por los insectos no producen alergia, porque pesa mucho y no llega hasta nuestro aparato respiratorio. La mala noticia es que a la vez florecen otras plantas, las gramíneas, de flores insignificantes pero que sí usan el viento para transportar su polen, que es mucho más pequeño y sí entra en nuestra nariz, garganta y ojos. 

Y, aunque me pese, también el viento transporta el polen de algunos árboles, como las encinas que bordean los prados de viborera.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Nuestras razas ganaderas, un tesoro de Biodiversidad.

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Vaca negra avileña ibérica en el Puerto de la Morcuera, Madrid.
Este fin de semana se ha hablado mucho en los círculos conservacionistas de la cacería que se ha celebrado en el Parque Nacional de Monfragüe y no he podido evitar recordar los inicios de la declaración de ese espacio, entonces aún Parque Natural.
La casualidad quiso que yo colaborase en un estudio sobre ranas en aquellos tiempos posteriores a la dura lucha contra el establecimiento de plantaciones de eucaliptos. Por eso, lo visité con mucha frecuencia durante dos años y conocí la que creo que fue su etapa más bonita, a cargo de Jesús Garzón.
Una de las acertadas ideas de Suso era recuperar algunos de los usos ganaderos de esa tierra y entre ellos incluía no solo la trashumancia y las cañadas y veredas como pasillos biológicos, cuando casi nadie se acordaba ya de ellos, y menos desde el punto de vista conservacionista, sino también las razas autóctonas como reservorio de biodiversidad cuando ese término aún no se había inventado.
Ahora llamamos biodiversidad genética a la que existe dentro de una especie y las razas ganaderas son un precioso ejemplo.
Una de las primeras vacas blancas cacereñas que llegaron al entonces Parque Natural de Monfragüe, finca Las Cansinas.
Diapositiva de la época digitalizada.
Siempre me han gustado tanto los animales silvestres como los domésticos y aquellas palabras suyas eran música para mis oídos. Y así fui testigo de los primeros intentos de volver a dotar a los ganaderos de mastines españoles y observé, en primera fila, la llegada al Parque del grupo inicial de vacas de raza blanca cacereña, que se encontraba (y sigue) en serio peligro de extinción. 
Con emoción nos contaba Suso que esas vacas, según decía la tradición, habían llegado a Extremadura de la mano de los romanos, que admirados de su belleza y blancura la utilizaban en sacrificios rituales a sus dioses. Después se habían conservado gracias a su rusticidad, pero en tiempos recientes se habían ido perdiendo por cruces con otras razas bovinas más seleccionadas pero menos resistentes, pues su fortaleza ósea las hacía idóneas para conseguir una buena producción de carne a la vez que resistencia y tamaño.
Entonces, todos pensábamos que aquello de los romanos seguramente se trataba de una bonita leyenda, pero años después, cuando los análisis de ADN relacionaron las blancas cacereñas, no con otras razas autóctonas ibéricas, sino ni más ni menos que con las vacas de la India, nos dimos cuenta de que quizás algo de verdad había en ella y que la tradición oral, generación tras generación de pastores, podía tener su razón.
Vaca avileña negra ibérica en prados de la Sierra de Guadarrama.
Ese problema de pérdida de variabilidad genética por hibridación con razas más productivas pero menos rústicas, es una constante en las razas españolas y lo vemos en el día a día en nuestro campos, donde a las vacas autóctonas les colocan sementales de otras razas para conseguir terneros más productivos. Afortunadamente, existe un pequeño número de ganaderos apasionados que se encargan de mantener ciertas razas y hay organismos oficiales que velan por su conservación.

Semental de avileña negra ibérica. Estos toros tienen una increíble potencia y agilidad y su sangre late por muchas de las ganaderías de toros de lidia.
Sé que me quedo muy corto, pero no tengo ni tantas fotos como me gustaría, ni este es el lugar adecuado para hacer una relación exhaustiva de todas nuestras razas. Valgan las que muestro a modo de ejemplo.
Veo a diario los rebaños de avileñas negras en las laderas de la Sierra de Guadarrama y me admira como soportan tanto la nieve y la escarcha invernal como los tórridos días de verano. No entiendo cómo pueden soportar con ese intenso color negro la radiación solar del mes de agosto.
Entre las avileñas, de cuando en cuando, se encuentran otras vacas de un bonito color grisáceo, llamado cárdeno. Se trata sin duda de moruchas cárdenas, aunque sean cruzadas, una raza de origen ibérico, propio de las dehesas salmantinas no muy abundante por esta zona madrileña. Sin embargo, el año pasado disfruté del espectáculo de un rebaño de ellas, posiblemente de pura raza, entre los pinares y prados de Cercedilla. Hay una variedad de cárdena andaluza, muy parecida y con igual color, aunque a veces es más manchada. En Andalucía tienen también sus correspondientes negra ibérica y retinta, todas son descendientes del tronco ibérico ancestral.
Vaca morucha en Cercedilla.
Las vacas retintas son de su mismo origen y, junto a las razas anteriores, son ancestros de muchas ganaderías bravas o de lidia, que al contrario de lo que suele creerse, no es una raza definida, sino una selección y cría de diferentes orígenes teniendo en cuenta su bravura y utilidad para la lamentablemente llamada "fiesta nacional". Teniendo esto en cuenta, no me preocuparía la pérdida de ese ganado, pues no considero que haga un gran aporte a la riqueza genética de nuestro patrimonio. Y tampoco me vale otro viejo argumento en defensa de la conservación del toreo, el hecho de ser valedora de las dehesas andaluzas, extremeñas o salmantinas, pues hay muchas otras razas que son rentables en ese ecosistema y, posiblemente, menos problemáticas. Aunque, naturalmente, es una opinión muy personal y, advierto, no lo voy a someter a discusión en los comentarios.

Vacada de lidia en Salamanca con claros orígenes de la raza retinta.
Otras de las vacas que pueden verse, aunque la mayoría de las veces cruzada con otras razas, son las berrendas. Son unos animales muy grandes y de cuerpo largo. Son conocidas y se han conservado posiblemente por su uso como mansos o cabestros para guiar al ganado bravo, incluso en los encierros. También es una excepcional raza de trabajo por su tamaño y fuerza, pero con la mecanización del campo no son tan necesarios y sus efectivos han disminuido mucho.
Semental de berrenda en colorado mostrado en la feria de ganado de Cercedilla en 2013.
En las dehesas de Guadarrama, Alpedrete y algunas más del entorno, se pueden ver vacas que se ajustan bastante a la tipología y color de la raza, aunque muy posiblemente estén cruzadas. Junto a la Carretera de Colmenar Viejo (N-607), cerca de la salida a Guadalix de la Sierra, hay un prado donde suele haber buenas vacas de estas razas.
Vacas y terneros con tipología de berrenda, aunque los cuernos no sean los típicos de la raza, al menos en el ejemplar más cercano, aunque quizás sea aún joven. Dehesa de Guadarrama.
Y, aquí la curiosidad: las berrendas en negro y las berrendas en colorado, no tienen el mismo origen a pesar de que su aspecto sea muy similar y que casi solo se diferencien en el color. La tradición ha querido que los ganaderos hayan mantenido a estas dos variedades separadas y así han llegado hasta nuestros días, aunque corren serio peligro, como siempre, al ser sustituidas por razas con mayor producción cárnica, aún siendo más delicadas. 
Vaca y ternero con forma y color propio de berrenda en negro. Dehesa de Guadarrama.
A veces puede confundirse una berrenda en negro con las típicas vacas lecheras holandesas de raza frisona. Son buenas pistas para diferenciarlas la irregularidad del borde de las manchas y las manchas de pequeño tamaño típicas de las berrendas, frente a los cuernos más pequeños y, desde luego, el gran desarrollo de las ubres en las frisonas.
Vaca frisona lamiendo a su ternero recién nacido en pleno campo. No es una imagen habitual porque estas vacas son más delicadas y suelen mantenerse estabuladas, especialmente cuando se acercan momentos como el parto. Además, cada día deben ser ordeñadas, con el consiguiente trasiego.
Otras joyas de nuestro panorama de razas autóctonas son los caballos de las retuertas, de los que recientemente se ha descubierto que es la raza más antigua de Europa y las vacas marismeñas de Doñana. Gracias a su sistema explotación estas vacas y caballos se han mantenido semisalvajes y forman parte del ecosistema del Parque, como tantas especies silvestres que allí habitan. Es una suerte que su primer director, José Antonio Valverde, tuviese a bien mantenerlos para así integrar la cultura y la economía con la conservación, que es la mejor manera de que perduren las condiciones que han dado valor a los ecosistemas ibéricos.
Vaca marismeña en el Parque Nacional de Doñana.
Las vacas marismeñas me traen el recuerdo de una anécdota que he oído aplicar a esta y a otras razas ganaderas manchadas ibéricas: El ganado que se mantiene en plena libertad en territorios amplios con poco control por parte de los ganaderos excepto para la extracción de algún ejemplar, marcar los terneros, algún cuidado y poco más, era importante que se pudiese distinguir el perteneciente a uno u otro propietario. Para eso, las manchas, las pintas, características de cada animal servían como si fuesen las huellas dactilares para diferenciarlos. Según dicen, ese es el origen de la expresión "conocerle por las pintas" o "qué pintas traes" aplicado a las personas cuando se les reconoce desde lejos por el aspecto.
Evidentemente, en el caso de las berrendas las pintas valen no solo para eso, sino para diferenciarlas del otro ganado al que estaban ayudando a manejar, que generalmente es de color más uniforme. Antaño había más mastines españoles de capa manchada para diferenciarlos de las ovejas, igual que los actuales mastines del Pirineo, pero precisamente cuando se fijó el estándar de esa segunda raza, se procuró eliminar de la cría (oficial) a los mastines españoles pintos, con un criterio más  estético que funcional, bastante absurdo.
Semental de asturiana de la montaña o casina, mostrado en la feria de ganado de Cercedilla este año.
También en la Sierra de Guadarrama  se pueden observar razas autóctonas de regiones más lejanas, como las casinas o asturianas de la montaña, que pude ver en la feria de ganado de Cercedilla. Igual que la asturiana de los valles, se crían para su aprovechamiento cárnico y se utilizan los sementales para cubrir vacas de las razas que hemos visto más arriba.
Vaca de asturiana de la montaña o casina, mostrada en la feria de ganado de Cercedilla este año.
Como dije al principio sería muy largo hablar de todas las razas por mucho que me gustaría. Sobre todo porque algunas son un verdadero icono representativo de la región de procedencia. Me gustan especialmente las razas gallegas como la rubia y la cachena, de las que lamentablemente no tengo fotos. También es una preciosidad la tudanca, tan representativa de los prados cántabros.

Tudanca pastando en Picos de Europa.
Terminando con las vacas solo por un momento me voy a detener en las cabras para mostrar una raza muy olvidada: la del Guadarrama, característica con su largo pelo especialmente concentrado en la parte posterior del cuerpo. Recuerdo, de niño, haber visto estas cabras en la Casa de Campo de Madrid, cuando mis padres me llevaban a pasar la tarde los fines de semana y en muchas excursiones veraniegas. Ahora me dan una alegría las raras veces que me topo con uno de sus rebaños en mis paseos campestres.

Cabra del Guadarrama, en Santa María de la Alameda.
No puedo olvidarme tampoco de los maltratados asnos y sus diferentes razas, la mayoría en peligro.
Asno maniatado, de raza andaluza en las cercanías de Grazalema.
Igualmente hay caballos españoles únicos y sus genes se encuentran en razas de todo el mundo. La conservación de las variedades autóctonas es una obligación que debemos a nuestros descendientes. Tengo especial debilidad por las especies pequeñas y rústicas del norte peninsular, sobre todo las que viven en estado semisalvaje como los asturcones. El pasado verano tuve el gusto de ver una raza que era desconocida para mi, la monchina de Cantabria, que también está catalogada como en peligro de extinción.
Caballos monchinos en los Picos de Europa.
Ovejas, cerdos y gallinas son otro patrimonio genético a tener en cuenta para su conservación.
Pero no solo son importantes las razas y su diversidad genética, sino las formas de explotación respetuosas con el medio ambiente e integradas en los ecosistemas tradicionales. En la Península Ibérica tenemos un inigualable patrimonio natural en los prados de montaña, dehesas y, sobre todo, en las vías pecuarias, que atraviesan nuestro territorio como autopistas naturales para la fauna y la flora, hoy lamentablemente interrumpidos por tan gran número de carreteras y vías férreas, cuando no invadidos por las más variadas infraestructuras y ocupaciones ilegales, que son casi imposibles de seguir. 

Si hay un proyecto que se eche de menos a nivel nacional es la supresión de las barreras para la dispersión de la fauna y la recuperación de las vías trashumantes con pasos subterráneos o elevados anchos y cubiertos por vegetación. 
Termino, como no, hablando de la persona que más me abrió los ojos a este mundo rural tan interrelacionado con la conservación, Suso Garzón, y su defensa de las cañadas y la trashumancia, que cada año se reivindica a su paso por Madrid, gracias a su iniciativa y tesón. 
Y gracias a los ganaderos y pastores que han contribuido con su trabajo a que estas razas y estos campos hayan llegado hasta nuestros días a pesar de las dificultades.
Fiesta de la Trashumancia en Madrid, momento del paso por la calle Alcalá, por donde discurre una cañada real.

Enlaces externos:



El caballo losino, un ejemplo de esfuerzo personal y privado para la conservación de una raza autóctona en peligro. Y dentro de estas páginas no te puedes perder el capítulo dedicado a la encebra.

Otras entradas sobre los temas aquí tratados:





lunes, 18 de noviembre de 2013

Estorninos, nieve, otros pájaros y olivas en el jardín.

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Estornino negro, Sturnus unicolor
La nieve llegó por primera vez hasta casa este pasado sábado y las aves no han dudado en acudir en tropel al comedero del jardín y al olivo que este año está bastante repleto de aceitunas. Había momentos en que tenía ante mis ojos cinco o seis especies según me asomaba a la ventana de la cocina.

Entre ellos me fije especialmente en los estorninos, en sus picos amarillos o negros y porque metidos entre las ramas del árbol veía algún ejemplar con tonos muy claros que me hicieron pensar que se podía tratar de algún ejemplar de estornino pinto.

Pero no, después de muchas carreras y subidas de escalera de una habitación a otra para intentar tenerlos a tiro de cámara, puede asegurarme de que o bien era un ejemplar particularmente manchado, dentro de los límites de variación de la especie negra o un ejemplar de un grisáceo bastante claro. Lo que puede evidenciarse en las fotos es lo bonitos que son estos pájaros cuando se ven de cerca, aunque a cierta distancia parezcan negros y todos iguales.
Entre foto y foto, por supuesto, observaba el comportamiento a la hora de comer de estos animales, que es de lo que se trataba. Y así he podido ver que el ejemplar de la primera foto, que tenía una pata mala que no podía estirar, comía del suelo y del comedero, porque evidentemente no podía hacer como otros ejemplares que arrancaban las olivas mientras estaban posados en las ramas más altas. Estos pájaros son muy asustadizos y prefieren comer en lo alto de las ramas, aunque lo tengan más fácil en el suelo.
También vi que la mayoría de las aves picoteaban las olivas dejando el hueso, pero alguno que otro no se lo piensa mucho y se tragaba la aceituna entera.

Estornino tragando una oliva.
Eso impresiona verlo, pero más aún cuando el que se lo traga es un pajarito de tamaño mucho menor: una curruca capirotada. ¿Pero qué garganta tiene este ave? Lamentablemente no le hice la foto en plena acción, por contento me doy con haberla pillado así, asomada entre las ramas.
Curiosamente andaba entre las ramas del olivo una pareja, macho y hembra, de currucas, igual que hace cinco años conté en la primera entrada de ese blog: "Días de pájaros hambrientos".

Curruca capirotada, Sylvia atricapilla, hembra.

Los gorriones también picotean las olivas, pero sin mucha convicción, ellos prefieren el pan y las semillas directamente del comedero, aunque sea entre la nieve. Y un petirrojo andaba de aquí para allá picoteando en todas partes.

Gorrión común, Passer domesticus, pareja.
Los mirlos alternan la búsqueda de lombrices bajo la hojarasca con algún que otro aperitivo frutal. Es curioso que estos días, incluso varios machos, en general bastante intolerantes entre sí, se dedican a comer sin prestarse mucha atención y también mezclados entre los estorninos.

Mirlo común, Turdus merula, macho.

Más temerosos son los rabilargos, que por primera vez he visto detenerse a comer en casa, muy desconfiados porque seguramente estaban fuera de su recorrido habitual conocido, que se encuentra a un kilómetro de casa, más o menos. Y, por supuesto, las urracas que venían con ellos, ante cuya presencia todas las demás aves huyen, aunque por suerte para todos solo llegan, cogen la aceituna y se van volando. Seguro que más de una la esconden en sus despensas para el invierno.
También pasó por allí el típico bando mixto de páridos, con herrerillos, carboneros comunes y garrapinos, pero apenas si se posaron un momento en las ramas altas de los tarays y siguieron su camino ante la multitud que se disputaba el alimento más abajo.

Rabilargo, Cyanopica cookii.
Y hace unos días también pude fotografiar un zorzal común, otra ave que había visto de paso muchas veces pero nunca la había podido ver con claridad ni hacerle una foto. No estoy acostumbrado a los zorzales y hasta que no he tenido la foto no he podido asegurar la especie. Estaba, como no, comiendo aceitunas y luego acudió al estanque a beber agua, momento que pude aprovechar a gusto.
Zorzal común, Turdus philomelos.

No solo el olivo ha sufrido los "ataques" de las aves, los hermosos madroños han sido picados sin piedad cumpliendo una de las principales funciones por la que lo puse en el jardín, aparte de para hacer licor y adornar, pues es uno de los arbustos más bonitos, que ahora están en plenitud con los frutos en distintos grados de maduración y las flores. Para colmo, ahora medio cubiertos por la nieve.
Por cierto, todas las fotos anteriores están hechas a través de dobles ventanas, por lo que puede verse algún que otro reflejo, veladura o falta de enfoque, que no he podido evitar.

Madroño. Arbutus unedo.